Miguel Mora Porras

Academia Morista Costarricense

Sra. Da. María Eugenia Bozzoli Vargas

María Eugenia Bozzoli

María Eugenia Bozzoli Vargas, Ph.D., Universidades de Kansas (Lawrence) y de Georgia (Athens).  En la UCR: docente, investigadora; Vicerrectora de Acción Social; Directora del Consejo Universitario. En la UNED: Consejal (representante de la Comunidad Nacional) y Consejo Editorial. Academia de Geografía e Historia de Costa Rica, Academia de Eméritas y Eméritos de la UCR, Academia Morista, Comité Nacional Memoria del Mundo, Asociación de Mujeres Universitarias, Consejo Asesor de PROLEDI. Libros y artículos en temática indígena y campesina criolla, desarrollo sostenible, antropología aplicada, diversidad cultural costarricense. Profesora Emérita, UCR; Malinowski Award, 2000 (The Society for Applied Anthropology, EE.UU.). Premio Magón, 2001: Medalla al Mérito en la Paz y en la Democracia; Premio Rodrigo Facio Brenes (Universidad de Costa Rica).

María Eugenia Bozzoli Vargas
María Eugenia Bozzoli Vargas
María Eugenia Bozzoli Vargas
María Eugenia Bozzoli Vargas

Discurso de posesión de silla

DISCURSO 

Prolegómenos de la etnografía indígena, según informes de extranjeros, 1850-1860

pronunciado por María Eugenia Bozzoli Vargas

ACADEMIA MORISTA COSTARRICENSE

el día 2 de setiembre de 2017 y contestación por Da. Maureen Sánchez Pereira

Logo Academia Morista Costarricense

 

Costa Rica

 2017

pronunciado en el  Museo Nacional de Costa Rica

 

Buenas tardes, distinguidos miembros de la Academia Morista Costarricense 

En este trabajo se comenta en forma resumida información registrada por extranjeros sobre la vida cotidiana indígena costarricense en la década que marcó el medio siglo XIX[1]. La etnografía es la descripción y análisis de costumbres practicadas por grupos humanos en un período de tiempo dado y el contexto en que ocurren. Registra lo habitual en la acción, en  el habla, en el pensar y en el sentir de los grupos. Otros que registraron costumbres indígenas en esa época fueron algunos costarricenses y los propios indígenas, por ejemplo, en sus intervenciones en los consejos municipales, pero el presente trabajo no se involucra en esas fuentes, sino en la de viajeros  de variada permanencia en el país quienes dejaron  observaciones escritas. Se ha afirmado que la visión etnográfica externa   suele ser más objetiva que la visión interna. No necesariamente fue así en la década aquí  analizada; más bien se demuestra que es necesario algún entrenamiento previo en métodos que aumenten la objetividad, como ocurrió en el avance de épocas posteriores a la aquí tratada. Lo que sí es posible es que la información sea diferente a la de observadores internos. Es una limitación de este ensayo que aquí no se pueda contrastar con la visión desde dentro porque esa no está incluida.  Además, lo de visión interna sería relativo, por cuanto la de costarricenses no indígenas habría sido también externa a la de habitantes de esos pueblos observados; es posible obtener algo de la visión propia del indígena, por ejemplo, mediante análisis de sus intervenciones en actas municipales u otros documentos.

Era parte de la etnología, que es el análisis comparativo de las etnografías particulares,  y de la etnografía de la década en estudio, utilizar “raza” como concepto explicativo de conductas, además de jerarquizar los grupos denominados “razas”, por ejemplo, en mejores y peores, superiores e inferiores, más y menos inteligentes, activas y negligentes, etc. La separación del concepto de raza del de cultura es posterior, en obra publicada que inicia en 1865 aunque solo en forma gradual se extiende esta separación posteriormente a todos los observadores de modos de vida. En el presente trabajo no se toman en cuenta las explicaciones basadas en la “raza” que estos observadores de mediados de siglo XIX atribuyeron a conductas de los habitantes del país, porque al presente son explicadas como de origen cultural – es decir, aprendidas, no heredadas en genes, ni de otras maneras causadas por factores biológicos.  No sólo se omiten esas explicaciones porque al presente esas conductas no se analizan así, sino especialmente porque las visiones sobre “las razas” de los costarricenses -básicamente definidas a mediados del siglo XIX como la blanca europea, la asiática, la indígena y la negra-, y la influencia que estos usos de la palabra ‘raza’ tuvieron en el imaginario e identidades  del país, han sido ya analizadas por otros autores.  Se advierte además que otra diferencia con estudios contemporáneos de esta etnografía que vamos a describir, es la sugerida anteriormente con respecto a la objetividad; al presente se aplican metodologías tendientes a evitar subjetividad y juicios de valor, hasta donde eso sea posible; no fue ese cuidado parte de las observaciones en la época estudiada. Por ejemplo, Moritz Wagner afirma:

“…el colono alemán… prospera mejor y más rápidamente, porque falta todavía la competencia americana, tan superior, y la flojera de la raza española le permite…” (TI:31); “El Doctor Castro… tiene el salón mejor equipado… pero en este solo se encuentra un confort mediano y ningún…buen gusto” (TI:146):  “…por falta de albañiles y carpinteros competentes… se emplean… reos …pero estos se esfuerzan tan poco como lo los trabajadores libres, conforme a la indolencia e indulgencia que aquí dominan” (TI:146); “[En el hotel en San José]… se carecía enteramente de aquella alegría social que en las sociedades europeas de esta clase, resulta de la convivencia de hombres cultos inteligentes y amables” (TI: 158); “Todos los artesanos extranjeros son carísimos; los naturales, en cambio, trabajan muy mal y negligentemente (TI:160); “El espíritu comercial es uno de los rasgos esenciales de la raza neohispánica… pero no son tan audaces, emprendedores y grandiosos como los norteamericanos,  sino cautelosos y tacaños …” (T.I: 176); “El pueblo, demasiado perezoso de espíritu, y poco inclinado al razonamiento correcto, no encuentra gusto en filosofar” (TI:.221).

 

Juicios similares en las citas sobre indígenas están incluidos en este trabajo, como características de la época y su contexto. Los viajeros y residentes comentados son los que hicieron referencias etnográficas en sus publicaciones relacionadas con sus estancias en el país entre 1850 y 1860; se comentan más adelante de acuerdo con su aporte al conocimiento etnográfico de la vida indígena, en el orden de una escala de uno a diez, presentándose primero (1)  quien menos datos registró (Amy Morris Bradley), y de último (10) quien más aportó (Alexander von Frantzius). El lugar en esta escala obedece a los intereses preferidos de los extranjeros, a sus oportunidades para la divulgación de sus experiencias,  y al tiempo de permanencia en el país, aspectos desiguales para el conjunto y que influyen en los datos que aportaron.

Los observadores:

(1) Amy Morris Bradley (1823-1904): residió en el país del año 1853 a 1854, procedente de EE.UU. Miguel Ángel Quesada Pacheco ha publicado cartas y un diario (Quesada Pacheco, 2001). Sólo se refiere a un indígena, una sola vez; ella estaba de camino a Costa Rica, en la frontera con Guanacaste: “Domingo por la noche, 4 de diciembre. Estoy recostada en una hamaca en medio de dos ranchos miserables, pertenecientes a un indio del país” (p.50).

(2) Francisco Solano Astaburuaga (1817-1892): chileno, estudió humanidades, leyes y literatura. Como encargado de negocios en Costa Rica y las otras cuatro repúblicas de Centroamérica por su país, estuvo en Costa Rica en 1857.Solamente se refiere a que “los indios no son numerosos” (en Fernández Guardia, 1970: 324). Además menciona Térraba y Boruca cuando observa que cada mes se despacha un correo a esas localidades desde San José (en Fernández Guardia, 1970: 313).

(3) Anthony Trollope (1815-1882), inglés, “escritor que se propone únicamente divertir al lector”, según Fernández Guardia (1970:448), visitó Costa Rica en 1859 y en 1860. Trollope se refiere a Greytown y a Bluefields, y a la monarquía misquita que gobierna allí. Agrega:

“La población indígena se compone de indios misquitos… se les ve en sus canoas de canalete vendiendo unos pocos huevos y pollos, cogiendo tortugas y  no pocas veces emborrachándose. A juzgar por el color y la fisonomía parecen ser un cruzamiento de negro con indio y me imagino que así es. Tienen un idioma propio, pero los que viven en la costa casi siempre hablan también el inglés” (en Fernández Guardia, 1970: 519).

 

Una segunda referencia de Trollope es a tres personas que llevaban el correo en la ruta de Sarapiquí, uno de ellos de fenotipo indígena.  El Gobierno y las municipalidades empleaban indígenas  en ese menester. La manera de llevar la carga era de origen indígena: “Claramente se veía que sus cargas eran muy pesadas. Las traían puestas muy en alto a las espaldas y suspendidas de la frente por una faja; de suerte que una gran parte del peso tenía que descansar sobre los músculos de la nuca” (en Fernández Guardia, 1970:510).

(4) Karl (Carl) Hoffmann (1823-1859), alemán, estudió Ciencias Naturales en la Universidad de Berlín y se doctoró en medicina.  Residió en el país de 1854 a 1859. Se desempeñó como médico en la guerra contra William Walker. Escribió sobre los volcanes, las plantas y los animales de Costa Rica. Por una larga enfermedad se retira a Puntarenas, donde fallecen su esposa, su ayudante y dos sirvientes, y él mismo. Fue sepultado en Esparza. En 1929 sus restos fueron trasladados a San José y se le tributaron honores de general de división.  Se refiere a la desconfianza indígena hacia los extranjeros, por el temor de ser engañados y explotados malamente; indica que Barva tiene alrededor de 300 habitantes, entre indígenas y no indígenas (2014b:306); además menciona presencia de indígenas en Cot y en Santa Bárbara (2014a: 286 y 2014b: 307, 312);observa el cultivo de papas en la aldea de indios de Cot (2014a:  286); reporta un sendero indígena en el volcán Irazú por donde en su tiempo se están comunicando los indígenas del Caribe con el Valle Central (2014a: 300); se refirió a la manera de cargar objetos en la espalada en los viajes con ayuda de tiras de corteza de árboles (2014b: 312; 2014b: 345); tomaba nota de la apariencia física de los indígenas  (2014b: 312).

(5) Moritz Wagner (1813-1887), alemán, consignó en 1853 la población indígena en 7000 personas, adoptando la estimación del Ministro Carazo de la Administración de Juan Rafael Mora y  mencionó que Felipe Molina en 1851 incluyó 15 000 indígenas (2016, T.II: 6). Se refirió a la experiencia indígena en la cacería, vadeando y arrastrando en bosques pantanosos (2016, T.I: 66) y la agudeza superior de la vista en ese menester; anotó que comían los monos colorados, Ateles sp. y que se rechazaba comer monos congos pero se usaban como cebo para pescar (2016, T.I: 94). Dio detalles del conocimiento indígena sobre las aves (2016, T.I: 116) y formas de cazarlas  (2016, T.I: 135). Se refirió a las habilidades de los indígenas para remar (2016, T.I: 79); al conocimiento de la constelaciones de Orión y de la Cruz del Sur (2016, T.I: 84); a la habilidad para cantar de un indígena, y a la convivencia pacífica entre indígenas y criollos  (2016, T.I: 102; T.I: 181). Más adelante se hará referencia a su trabajo conjunto con Karl (Carl) Scherzer.

(6) Wilhelm Marr (1819-1904), alemán, editó un periódico en su patria; visitó Costa Rica en 1852, y de 1854 a 1859; se propuso realizar un viaje de estudio en Costa Rica, sin embargo en este país ejerció como “ingeniero, luego empresario de colonización y por último comerciante” (Fernández Guardia, 1970: p.125). Su estilo fue escribir impresiones de viaje.   Aporta poco a la etnografía indígena. Dos indios le sirvieron de cargadores en una ocasión, en la travesía de una selva. Solo dice que se admiraron mucho de que su brújula funcionara para acortar un camino. Pasó al borde “de abismos por una región cuyo carácter salvaje no tiene rival” donde  tomó el camino de Matina (el sendero de los indios), siguiéndolo durante casi legua y media y “en una ruinosa enramada de hojas de  plátano, hecha por indios viandantes para protegerse de la lluvia, me eché a descansar” (en Fernández Guardia, 1970: 222).

En la Angostura un indígena le cazó una pava silvestre con arco y flecha. Sobre este indígena dice:

“Mentira si dijese haber visto nunca un pedazo de hombre más prosaico y estúpido que mi indio, el primero verdaderamente salvaje con que tropezaba en Costa Rica. Por otra parte no fue el último, porque al anochecer brotaron de la oscuridad  otros cuatro que me pidieron “posada” en nuestros “ranchos”.  Se me ha dicho que rara vez se dejan ver por aquí, y que en sus peregrinaciones muestran mayor timidez que en el mercado de Cartago, adonde llegan de cuando en cuando” (en Fernández Guardia, 1970: 223).

 

Hizo un par de observaciones sobre los indígenas, en un caso en el mercado en San José y en el otro en el mercado en Cartago (en Fernández Guardia, 1970: 180, 201). Menciona sobre los indígenas de Cartago (en Fernández Guardia, 1970: 194):

“Anteriormente vivían allí con inocente comodidad pacíficos indios, que haraganeaban en el camino real casi hasta las primeras casas de San José. El Gobierno obsequió generosamente a estas buenas gentes tierras situadas a lo largo del camino, pero con la obligación para cada propietario de mostrar dentro del plazo de un año una cosecha de cual o tal cantidad de maíz, de la que podía disponer a su arbitrio, ya fuese vendiéndola o reservándola para su propio consumo. Aquellos caballeros y damas de color moreno aceptaron gustosos y con alegría sus títulos de propiedad; pero no echaron canas pensando en el cumplimiento de las obligaciones contraídas y a consecuencia de esto hubo “palos”, o sea azotainas, lo que dio buen resultado, consiguiendo por los menos don Braulio [Presidente Braulio Carrillo] que el mejor suelo del país, y el más fértil se hiciese laborable y se cultivara el café. Los indios se retiraron voluntariamente, unos a las montañas y otros a los pueblos de Cervantes y Orosi, donde todavía se encuentran individuos de tipo indio casi puro, que hablan un mal español. Para el filántropo esto resulta duro, pero el hombre atezado es así, y está muy bien que podamos tomar en Europa el buen café de Costa Rica, mediante haber imposibilitado al indio degradado y sumido en la pereza para dificultarnos su cultivo”.

Más adelante agrega algo de interés sobre la temprana habitación indígena en Cartago y Turrialba (p. 203):

“Pasamos por algunos pueblos cuyos habitantes, aunque hablan español, tienen sin embargo el tipo indio puro: El Naranjo, Cervantes y el hermoso valle de Turrialba”. “En este valle de Tuis debe de haber habido pueblos de indios, como lo prueban limoneros y plátanos cultivados en otro tiempo y algunos maizales con que tropezamos por todas partes. También crecen allí bastantes árboles resinosos.” (p. 235).

           (7) Thomas F. Meagher (1823-1867).  Abogado de origen irlandés, reside en EE.UU. a partir de 1849. De visita en los meses de marzo a mayo de 1858, regresó en calidad de representante del gobierno de EE.UU en 1859; llegó de nuevo a San José en octubre de 1860, se fue en enero de 1861.  En lo que se puede considerar como aspecto metodológico, es de notar que Meagher utilizó algo así como la “opinión experta”, por ejemplo buscar el saber que sobre los indígenas tenía el obispo Anselmo Llorente:

“En extremo interesantes fueron sus noticias y conjeturas acerca de los guatusos del valle de Río Frío, raza que vive completamente aislada y que no permite que ningún extranjero ponga los pies en sus misteriosos dominios. Todas las sílabas que sobre este asunto salieron de sus labios fueron ávidamente recogidas”. (En Fernández Guardia, 1970: p.382)

     

 Otro ejemplo de este proceder, fue con el padre Acuña, en Paraíso de Cartago,

“uno de los   sacerdotes más… ilustrados de Costa Rica. Después de pasar varios años… de misionero entre los indios… detrás del Golfo Dulce, ha llegado a ser una autoridad en lo tocante a las tribus aborígenes… en la última visita que le hicimos obsequió [al autor y acompañante] todas las reliquias indias que poseía”. (En Fernández Guardia, 1970: 382).

 

Otro aspecto cuasi metodológico es obtener la colaboración de un indígena, Pedro,  para informarle sobre el lugar y su gente. Meagher, a veces valoraba positivamente a los indígenas pero a veces los despreciaba, como lo hicieron sus contemporáneos; a su colaborador Pedro, casi siempre lo valoró positivamente. Pedro era hijo de un indígena que Meagher describió como exitoso en bienes y liderazgo;  sobre el hijo agrega:

“pero su vástago es un caballero que ha venido a menos y tan solo es dueño de algunas matas de plátano y de caña de azúcar. Se llama Pedro. A pesar de los sesenta y dos años que ha servido en la tierra, Pedro es activo. A este respecto ninguno de sus hermanos, deudos aristócratas o individuos de la tribu puede compararse con él. Moreno como un trozo de caoba vieja, tiene la resistencia de esta madera y es casi tan durable como ella” (en Fernández Guardia, 1970: 436).

 

Más adelante explica Meagher que contrataron a Pedro

“en calidad de guía, de filósofo y de amigo… Pedro siente inmutable reverencia por lo antiguo, y su pobreza, al repudiar tales innovaciones, le inspira la dignidad del trabajo…Lo tomamos como guía, porque su conocimiento de las selvas y de las montañas vecinas de Orosi era grande y útil…” (en Fernández Guardia, 1970: 437). 

 

A la vez desaprueba la supuesta ignorancia del indígena sobre el país:

 

“Por ejemplo, cuando preguntamos a Pedro… si recordaba el tiempo de los españoles, abrió tamaños ojos y boca y se rascó la vieja y sudorosa cabeza como si le hubiésemos planteado un problema de Euclides. -¿Cuáles españoles?- nos preguntó…, riendo. Procuramos explicárselo; pero Pedro no sabía nada de ellos… no había sabido nunca que en el país hubiese habido tales españoles. Ahora bien, esto era ya bastante imperdonable…” [esto fue en 1858, Pedro tenía 62 años, cuando ocurrió la Independencia tenía 25 años, N. del T., en Fernández Guardia, 1970: 439].

 

Un “defecto peculiar”, como lo llama Meagher, de Pedro, permite pensar que quizás este indígena se negaba a revelar al extraño en su tierra todo lo que sabía; sin embargo, puede ser que, como lo indica el autor, no supiera:

“Don Ramón le preguntaba: -¿Qué palmera es esta, Pedro? –La conozco-contestaba Pedro instantáneamente, la conozco, es una palmera. -¿Y este pájaro? –Lo conozco- contestaba suavemente el impostor-, es un pájaro. Al principio, esto resultaba molesto, pero encantusados por su buena índole, pronto le perdonamos,  llegando por último a la conclusión de que Pedro era perfecto. Guiados por él y con su ayuda visitamos muchos lindos lugares…” (pp. 444-445).           

 

El trato que Meagher da a su suministrador de datos, sea el Padre Acuña o el indígena Pedro, se asemeja más a la relación que al presente se suele considerar más apropiada con los cooperantes en el trabajo de campo

(8) Félix Belly (1816-1886), francés, periodista, reconocido como brillante escritor de obras que versan sobre economía y política de su época (Belly, 1970, en Fernández Guardia, 1970), destaca como buen observador. Visitó Costa Rica en 1858 y en 1860. Realizó su ingreso por Greytown en 1858; allí observa la vivienda de los indios que tripulaban las embarcaciones (2014:364) y luego describe detalles de cómo navegan hasta llegar a Sarapiquí, cómo se visten, cómo cazan y pescan, y otras costumbres alimenticias. Atribuye  los hábitos de  orden, exactitud y trabajo, que en su opinión no son frecuentes entre los centroamericanos, a que fueron adquiridos de los ingleses. Se refiere a su precisión para navegar (en Fernández Guardia, 1970: 562; 2014: 367-368). Describió la indumentaria de quienes tripulaban embarcaciones en Greytown, quizás misquitos (2014:362), también de las mujeres indígenas en esa área (2014: 363);  informa sobe construcción de viviendas a orillas del río Sarapiquí (en Fernández Guardia, 1970:563) y sobre el uso del machete (2014: 403). Relacionó las cuencas de ríos con la habitación indígena, por ejemplo, la de los talamancas en el Caribe y la de los térrabas y otras naciones desaparecidas en el Pacífico (en Fernández Guardia, 1970: 577);  elaboró sobre el pasado indígena de Nicoya, los datos relativos a la anexión y al número de familias (en Fernández Guardia, 1970:554); “el maíz se muele todavía a mano, como antes de la Conquista, y en la misma piedra azulosa de cuatro patas que se encuentra en las sepulturas indias” (en Fernández Guardia, 1970: 560). Toma nota de  la ropa miserable de Ramón, un guía indígena que le enviaron de San José para traerlo desde Sarapiquí  (2014: 394). Llegando al Valle Central, Ramón, “preparó café en un caldero viejo, lo azucaró con dulce negro partido como un pedazo de chocolate y lo repartió entre todos los compañeros” (2014:408). Se refiere al empleo de indígenas como boyeros de las carretas rudimentarias en el camino hacia Puntarenas, de propietarios meseteños: “…están montadas sobre dos ruedas que se hacen cortándolas horizontalmente de una sola pieza en el tronco de un cedro, y de ellas tiran una o dos yuntas de bueyes soberbios…Siempre se las encuentra en largas filas, cubiertas con un cuero de buey y guiadas por indios de una habilidad tan grande como su lealtad” (en Fernández Guardia, 1970: 553). 

(9) Karl Scherzer  (1821-1903) austriaco, ingreso con Moritz Wagner en el año 1853.  El libro de ambos sobre el país es muy amplio, una de los más leídos, conocidos y citados sobre esta época (Wagner y Scherzer, 2016). En su Prólogo, escrito en Viena en 1855, Scherzer se refiere al quehacer del ‘etnógrafo’ cuando expresa que 

 “pocos países de América, más aún, de todo el planeta, son más dignos de estudios remunerativos para las ciencias geográficas y etnográficas, que las Repúblicas de Centroamérica” (2016: xix-xx).  “…Mis estudios sobre Centroamérica estaban más bien dirigidos a las condiciones generales geográficas, etnográficas y políticas de estos hermosos países, como a la economía nacional” (p. xxii).

 

Por supuesto que las descripciones etnográficas de Wagner y Scherzer las refieren a las costumbres y modo de vida de las diferentes poblaciones de Costa Rica, y no solo a los de grupos indígenas; toda su obra es etnográfica, pero en el presente trabajo solo nos referimos a sus observaciones de hábitos generalizados de los indígenas en su diario vivir.

En cuanto a la metodología, Wagner y Scherzer, utilizan no solo sus observaciones directas sino que las comentan de acuerdo con lo escrito sobre los países de América Central; dan muestras de conocer todo lo publicado hasta esa época.También se refieren a las búsquedas en archivos, acerca de lo cual, sobre  el caso de Costa Rica comenta Scherzer (2016, T.II: 296-297):

“Las investigaciones acerca de los indios de Costa Rica son sumamente difíciles; faltan casi todas las huellas arqueológicas y también los expedientes científicos y documentarios que ayudan al investigador a perseguir la existencia y la historia de estos raros pueblos supervivientes durante siglos, para poder llegar comparando su pasado con su presente, a cualquier nueva experiencia o conclusión.

Los dos archivos prin­cipales del Estado, situados en San José y Cartago, están de tal modo despojados de todo tesoro antiguo, que el lamentable vacío de la mayor parte de los armarios y vitrinas solo puede explicarse con la transferencia premeditada de los preciosos manuscritos antiguos, en el transcurso de revoluciones de muchos años, a Guatemala o hasta Madrid. Los informes del actual archivero de Cartago, don Santiago Ramírez, quien nos contaba que muchos manuscritos interesantes que él había revolcado llenos de ansia de saber, cuando trabajaba de muchacho como escribiente, habían desde entonces desapa­recido de una manera inexplicable de las bien cerradas arcas de archivo, corroboraban esta nuestra conjetura”.

 

En la recolección del vocabulario indígena, Scherzer utilizó una lista aportada por Gallatin[2], reconocido por sus tipologías de lenguas europeas e indígenas. Respecto del recurrir a una persona que aporta al investigador datos sobre el modo de vida de su pueblo, conocida como su informante, colaborador o coinvestigador,  Scherzer (T.II: 288) tuvo la ayuda del cabécar Tomás Otárola, pero su trato de este indígena contrasta por ejemplo, con la que Meagher (antes citado), utiliza -casi siempre- con su guía Pedro.  Conforme a la advertencia que antes se hizo, los  juicios de valor, tanto positivos como negativos, se utilizan con frecuencia en el libro de Wagner y Scherzer, y no solo en referencia a grupos aborígenes, sino a otros residentes del país.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              (10) Alexander von Frantzius (18211877), médico y naturalista alemán, viajó a Costa Rica en 1853, con su amigo naturalista, Karl Hoffmann, antes mencionado.  Frantzius pasó los siguientes 15 años, hasta 1869, conduciendo investigaciones geográficas, climatológicas, etnográficas y zoológicas. Después de su arribo a Costa Rica, se estableció en Alajuela (1854), luego en San José, donde regentó una farmacia. En 1864 fue aceptado como miembro correspondiente de la Sociedad Americana de Enología (Hilje Quirós, 2013: 571). Regresó a Alemania en 1868, asentándose en Heidelberg, donde fungió como secretario de la Sociedad Antropológica Alemana hasta 1874. La metodología de observación y de estudio de Frantzius es la del naturalista, detalla sus descripciones de algunas costumbres, tiene conocimiento de estudios etnológicos y arqueológicos que se llevan a cabo en su tiempo, no trasciende los prejuicios relacionados con la propuesta de sociedades y culturas inferiores y superiores propia de su época, pero son más atenuados que en otros observadores contemporáneos suyos. En su artículo sobre los aborígenes de Costa Rica (2014b) Frantzius clasificó a los indígenas de la vertiente Caribe, residentes en zonas boscosas, como pueblos cazadores (2014b: 241).Como ya antes en el mismo artículo había descrito los rasgos de los chorotegas y había elogiado su nivel de civilización, y de modo similar se había referido a pueblos antiguos en el sureste por el lado del Pacífico como influidos por los cuevas panameños, para explicar también su grado alta complejidad cultural precolombina, propuso la manera de explicar la diferencia entre una vertiente y la otra, según una tesis de determinismo ambiental:

“Ya Wappäus[3] llamaba la atención hacia la diferencia entre el grado de civilización de los naturales que vivían a orillas del mar del sur y el de los que habitaban en la vertiente atlántica; diferencia que no se limita solo a Costa Rica, sino que puede indicarse en toda Centroamérica. Como lo he demostrado en un trabajo sobre las relaciones entre el clima y la cultura de los pueblos, la civilización depende de las condiciones del clima y del lugar de residencia de los habitantes, y coinciden sus límites con el punto en donde cambian o varían la temperatura y los fenómenos atmosféricos característicos que causan este cambio”[procede a explicar la diferencia climática entre la costa del Caribe, húmeda más meses,  y la del Pacífico, con estación seca mejor definida] (2014b: 241-242).

Parte de lo que escribió sobre las  condiciones climatológicas de Centroamérica, sobre el tema cultural, fue lo siguiente:

“La diferencia climatológica… hay que tenerla presente… al estudiar la cultura de Centroamérica. Ya en el tiempo de la Conquista vivía una población civilizada, agricultora, en la soleada parte del Suroeste, mientras que hordas incultas de indios habitaban la parte del Norte cubierta de espesas selvas. También todas las empresas de los españoles en el lado del Suroeste tuvieron buen éxito, mientras que todo lo comprendido en el Noreste fracasó. Este contraste en el grado de civilización de los habitantes de ambos lados ha permanecido hasta hoy y no puede ser considerado como casualidad, sino como consecuencia natural de las condiciones climatológicas en que viven los habitantes de cada una de estas localidades”. (Frantzius, 1942: 57).

 Algunas de las diferencias culturales entre las vertientes del Pacífico y del Caribe eran explicadas en líneas algo semejantes en Centroamérica por el geógrafo Carl O. Sauer en el siglo XX. No obstante, como ya en el siglo XX se consideraban los factores ambientales como influyentes pero no determinantes de lo cultural,  Sauer se refirió a los factores geográficos como condicionantes en algunas características de las culturas, pues no era  determinista.  Sauer propuso, para la agricultura indígena, en la vertiente Caribe centroamericana, del predominio de la reproducción por raíces, tubérculos o rizomas, lo que se denomina vegecultura, y la reproducción por medio de semillas (semicultura), básicamente el complejo del maíz, los frijoles, ayotes (Cucurbita spp.) y calabazos (Lagenaria spp),  y los chiles, característica de la vertiente del Pacífico  (Sauer, 1959: 122).  En justicia para Frantzius, que además como buen científico apuntó el desconocimiento que existía del desarrollo humano en la vertiente Caribe,  él precisamente también explicó diferencias entre las vertientes por las diferencias entre posibilidades agrícolas:

“En la parte sudeste, el período de lluvias que dura la mitad del año favorece el desarrollo de las plantas que se cultivan; en tanto que la otra mitad seca, donde casi no llueve, proporciona una cosecha segura y ayuda a la limpieza y preparación del suelo para la siembra siguiente. En la parte del norte, los aguaceros torrenciales, mucho más frecuentes y sólo interrumpidos por cortos intervalos, promueven ciertamente el crecimiento de las plantaciones en mayor grado aún, lo que se nota en la exuberancia muy superior de toda la vegetación; sin embargo, la falta de tiempo seco, casi imposibilita la colecta de productos y no permite quemar las malas yerbas secas para limpiar el suelo, como es necesario y usual en las otras partes.  Los naturales se limitaban, por consiguiente en esta región, al cultivo de algunas pocas plantas alimenticias, cuyo producto no depende de un tiempo no lluvioso, como son el ñame, la yuca y el arum esculentum, a los que se agregó el ahora tan importante pisang [banano en malayo]” (2014b: 241-242).

Frantzius no niega entonces que los indígenas costarricenses en la vertiente Caribe eran pueblos con alguna agricultura y precisamente destaca los tubérculos; como no los visitó, no observó que también sembraban el maíz, ni la importancia de cosechas de árboles. Desde el siglo XX es  usual clasificarlos como cultivadores de selva tropical, y en el caso de los talamanqueños, hasta en su cosmogonía se identifican a sí mismos como hijos del maíz. Sin embargo, es innegable que la caza y la pesca en agua dulce han sido sumamente importantes también, lo que también se refleja en su cosmovisión (Bozzoli, 1992).

Frantzius incursiona en un enfoque comparativo: se refiere a los indígenas que él denomina cazadores como de la misma constitución biológica que los otros indígenas costarricenses, una especie de “gran raza” o “tronco” emparentados con los que “vivieron o viven en la parte del noroeste de Centroamérica, desde Honduras hasta la Laguna de Chiriquí, llamados Poyais, Toacas, Coocts (Cocoras), Woolwas y Ramas, lo mismo que los de territorio de Costa Rica, denominados Guatusos, Viceitas, junto con los Valientes” (2014b: 252-253); se refiere a su semejanzas en constitución física, usos y costumbres, pero observa: “aunque son distintas las lenguas de las diversas tribus aisladas, con más frecuencia en pueblos de tan ínfimo nivel de civilización que en los cultos” (ibid). Continúa sus comparaciones con los de las Antillas y el norte de Sur América; en referencia a estas conexiones  menciona la influencia de Peschel[4].

Sobre etnología indígena costarricense, Frantzius fue pionero en esbozar una clasificación por regiones; tuvo buen cuidado de indicar que los límites de ellas variaban en la dimensión temporal, por eso “no es fácil decidir, por solamente el lugar donde se desentierran las antigüedades halladas, a cuál de los tres grupos principales de indígenas pertenecieron” (2014b:254). Sus tres regiones fueron Nicoya y Guanacaste (Chorotegas), el sureste de Costa Rica por el Pacífico, y la vertiente Caribe. Sobre el centro del país, delibera:

“confluían los límites de los asientos de los pueblos etnológicamente distintos que habitaban en Costa Rica en la parte ahora densamente poblada del país, esto es, en el valle del río Grande… En los primeros informes de los españoles se hace mención de dos tribus dentro de los límites de esta región, de los cuales, faltándonos datos o indicaciones sobre sus peculiaridades, no podemos saber de cuáles pueblos eran.  Son estos los antiguos indios de Chomes y los Güetares…” (2014b: 254).

Las observaciones de los visitantes extranjeros acerca de los indígenas se agruparon en las siguientes categorías: (1) Demografía, (2) El Pasado, (3) Identificación y Localización de Grupos Indígenas,(4) Lenguaje, (5) Vida Familiar, (6) Vestimenta, (7) Vivienda, (8) Implementos de trabajo y Objetos de Uso Cotidiano, (9) Cacería y Pesca, (10 Agricultura y Ganadería, (11) Alimentación, (12) Armas, (13) Medios de Traslado y de Carga, (14) Intercambio Comercial, (15) Otras Fuentes de Ingresos, (16) Gobierno, (17) Medicina, (18) Cosmovisión (historia oral, Religión, Educación Formal), (19) Observación de Estrellas, (20) Artes, (21) Relaciones Interétnicas. En razón de lo extenso de incluir los resultados de cada una en el presente trabajo, solo incluiré, a manera de ejemplo de cómo se agruparon datos en cada una de estas 21 categorías, la de Intercambio Comercial; en esta categoría hicieron observaciones Hoffman, Wagner, Marr, Scherzer, y Frantzius. En las anotaciones previas sobre los observadores se hicieron referencias breves a temas de las otras categorías.

Cómo se refirieron al intercambio comercial:

Karl Hoffman, en visita al volcán Barva, alude a un rancho donde pernoctaron, con sus cargadores indígenas y su uso en una ruta comercial:

“…tenía yo curiosidad de averiguar quién había hecho este rancho y con qué objeto… e igualmente quién utilizaba tanto el camino… Entablé para esto un diálogo con los indios y el vigilante del maizal; pero… se hicieron los tontos… daban respuestas… evasivas y trataban de interrumpir la conversación. Me figuré, siguiendo mis reflexiones… que este trío de pícaros son los viandantes de este sendero solitario, porque ellos ejercen el lucrativo oficio del contrabando y han hecho esta choza para su protección y la de su mercadería, seguros de no ser alcanzados… por… los guardas ¡cuántos zurrones de tabaco y cuántos galones de ron de Jamaica (artículos cuya importación está prohibida)… procedentes de San Juan del Norte son introducidos por esta vía! [Hoffmann confirmó su sospecha después] (2014b: 327).              

 

En un día de mercado en San José, Wagner (TI: 154) anotó: “Tejidos de palma para cobijas, sombreros, rosarios, hamacas tejidas y guitarras toscas son hechas por indios sedentarios y medio civilizados”.

Wilhelm Marr menciona la presencia de indígenas en el mercado semanal josefino, en el siguiente contexto: “Ese espectáculo [de algazara y grupos abigarrados presentes en la actividad] nuevo y fantástico, los contrastes más extravagantes de las fisonomías, desde el ‘Don’ estirado  tieso hasta el indio más estúpido, que con sus ojos hundidos y su pelo rígido mira fijamente el azul del cielo” (en Fernández Guardia, 1970: 180). También menciona indígenas en el mercado semanal de Cartago, los días jueves, que “resulta más pintoresco por los numerosos indios que allí se ven” (en Fernández Guardia, 1970: 201).

Scherzer informa sobre un día del mercado semanal en Cartago: “Los indios que con sus mujeres y niños se mezclan entre estos vendedores, traen uno de los principales productos de la costa oriental: el cacao y las semillas de cedrón”[5] (T.I: 243-244) y agrega sobre los indígenas de la vertiente Caribe:

“Su única comunicación con el mundo exterior consiste en negocios de trueque con los mercaderes de la costa oriental y los indios de Térraba y Boruca en el Pacífico. Los moradores de estas selvas pri­mitivas aún no prestan mayor atención al dinero, la fuerza vital de la sociedad moderna; si una moneda de oro llega intencional o casualmente, de la mano de un prendero judío norteamericano a la de un indio que todavía no tiene bolsa para guardarla, esta le sirve a lo sumo como adorno de collar; o bien, la muestra en su tribu como aquella rara insignia cris­tiana, que según su concepto, solo puede ser a la vista de los cristianos dignos de lástima, un pobre sustituto de aquellos ídolos mucho más imponentes que el dios benévolo de la selva parece haber creado únicamente para la preferida raza roja” (T.II: 298). “…a sus orillas [río Sixaola] viven unos españoles que sirven de intermediarios comerciales entre estos aborígenes salva­jes y la civilización; aquí cambian existencias de mercaderías anticuadas, por preciosas materias primas y las venden por el céntuplo en el Puerto de Boca del Toro” (T. II:  302).

A.von  Frantzius apunta:

“El comercio con estas aldeas de indios [con Térraba y Boruca] se hace al presente solo por un rodeo penosísimo y consiste apenas en un mensajero que va y viene lentamente a pie cada mes, para mantener la correspondencia entre el cura y el Gobierno. … El tráfico de los indios de Térraba se reduce al presente a un cambio de artículos con las tribus todavía salvajes de los viceítas que habitan lejos, al este de aquéllos, en Bocas del Toro. Los pocos artículos de lujo que necesitan los compran en Chiriquí. Relaciones por mar con Puntarenas no existen casi en lo absoluto. En general, no puede hablarse de comercio con una población que no tiene productos especiales y cuyas necesidades para la vida, por otra parte, se limitan a tan exigua proporción, como es el caso” (en Hilje, 2008: 90).

 

De su encuentro con cuatro indígenas viceítas [posiblemente cabécares, al traer un intérprete de Tucurrique, además porque Frantzius agrupó en esa denominación a ambos grupos]  en Orosi, Frantzius reporta:

 

“Traían consigo varias cosas para trocarlas, pero nunca aceptaban dinero, pues esto no tiene en sus selvas ningún valor. Los artículos que venían a trocar se hallaban en grandes cestas finamente entretejidas, que traían a sus espaldas, hechas de mastate (una especie de corteza de árbol preparada de tal suerte que forma una tela de algunas varas de longitud y de una vara de ancho), además de los sacos de pita trenzada y de algodón ordinario en forma de redes. Algunos abanicos de plumas de pavos silvestres reunidas para soplar el fuego, era el único utensilio que tenían; un hacha acabada de ser trocada por ellos. Por los objetos que de estos indios recibí, pedían sal y un perro; en vez de éste les di aguardiente, azúcar y pan. Como su lengua no es ya bien comprendida por los indios Orosi, traían consigo un joven de Tucurrique, el cual les servía de intérprete. Más tarde fueron los indios a Cartago, donde habitualmente tienen que hacerse bautizar” (en Hilje, 2008: 9-94).

 

“El mono calaverita, llamado en Costa Rica tití ó cuistiti [los indios lo traen] algunas veces… desde Térraba hasta… San José… muere casi siempre pocos meses después” (Frantzius, 1882: 244).  Este autor refiere sobre los perros: “Hasta los indios salvajes…  muy aficionados a perros, hacen largos viajes para procurárselos por medio de cambios. Los Viceítas acostumbran ir desde las riberas del Sixaula hasta… Cartago, a cambiar mantas, llamadas mastate… por los perros” (p.259). Sobre el comercio en la costa:

“Una de las principales industrias de estos indios [viceítas o bribris y terbis] la forma… la cosecha de la zarzaparrilla que crece silvestre en el monte y es de excelente calidad. La entregan directamente a los comerciantes extranjeros establecidos entre ellos o la llevan a Boca del Toro o a Moín donde la cambian por mercaderías europeas. Además de esta raíz medicinal, ofrecen también en venta cueros de venados y escama de tortuga y a cambio de todos estos productos aceptan pólvora, escopetas, utensilios de hierro, tejidos de algodón gruesos y hasta tabaco, al cual son muy aficionados, aunque no lo cultivan, a pesar de la facilidad que tienen para hacerlo con seguro provecho y sin molestias de parte del gobierno. Este comercio por trueque es muy beneficioso para los comerciantes,  que sacan sus mercaderías a Jamaica…” (Frantzius, 2014a: 216-217).

 

Resumen y otros comentarios:

 

Se obtuvo información de parte de 10 observadores extranjeros: en seis de ellos se podría decir que sus notas sobre los indígenas de 1850-1860 fueron más casuales, por ejemplo, mencionándolos cuando los vieron en el mercado o tuvieron alguno de guía o cargador, mientras que en cuatro de ellos hubo propósito  de escribir sobre este sector de la población costarricense,  como Meagher que interrogó personas que podrían darle datos, o como los de Wagner, Scherzer y Frantzius que buscaron información etnográfica a propósito. Las explicaciones de lo observado se basaron en la noción de razas humanas prevaleciente en la época, en la cual los indígenas se tenían por inferiores; no se inhibieron de juicios de valor negativos, no solo con respecto a los indígenas sino también a mestizos y a descendientes de españoles;  no obstante, algunos recurrieron a  factores históricos para explicar algunas situaciones; quien aportó más datos fue Frantzius, tanto porque su residencia en el país fue la más prolongada, como por tratarse de un naturalista; Frantzius además propuso una clasificación areal y esbozó explicaciones basadas en diferencias climáticas; en sus análisis cita a autores alemanes, o compara sus opiniones con las de ellos. 

La información etnográfica obtenida se distribuyó en 21 categorías, en las cuales se obtuvo mayor número de datos en la que se refería al pasado, pues registraron aspectos arqueológicos y de historia colonial y es interesante que, por ejemplo Marr, Belly, Hoffmann y Frantzius, tomaran en cuenta árboles y otra vegetación para predecir que en determinados lugares hubo ocupación indígena, y no solamente artefactos antiguos. Otra categoría con más datos fue la de relaciones interétnicas; son aquellas entre los observadores, y los extranjeros en general,  y los indígenas; también entre estos y los criollos y los ciudadanos no indígenas. Se revela una gama de conductas variada: los indígenas se describieron como peones leales, peones desconfiados, vecinos pacíficos, gente huraña; los gobiernos, los hacendados y comerciantes los emplearon, a veces tratándolos bien, a veces mal; también los indígenas huyeron de la vecindad de la gente no indígena a refugiarse con “los montaños”; hubo menos referencias sobre vida familiar; agricultura y ganadería; armas; gobierno local o tribal; medicina, observación de estrellas y artes. Algunas observaciones fueron como de paso y en otras se dio no solo un mayor número sino mayor detalle de lo observado. Fue usual referirse a la necesidad de estudiar los indígenas científicamente y lamentarse de que no se hubiera hecho.

Relativo a la identificación y localización de grupos indígenas, en general no hubo claridad sobre sus nombres, aplicándose a la misma gente denominaciones distintas, o generalizando los nombres de grupos específicos a sus vecinos. Distinguieron entre indios “civilizados” o “semicivilizados” por un lado y por el otro a indios “salvajes”, “montaños”, “errantes” o “cazadores”. Podemos objetar las denominaciones, pero no el hecho de que sí existía una división entre los dos tipos de indígenas (Bozzoli Vargas, 2010); no obstante, de los extranjeros comentados solamente Frantzius esboza una explicación teórica, en sus razones para la existencia de los “cazadores”, aunque no elaboró sobre los “civilizados” como categoría, pese a que conoció pueblos como Orosi, Cot, Tucurrique y Nicoya. Se denominaron indígenas “civilizados” los que hablaban español -o inglés los misquitos- y eran cristianos; Orosi fue el pueblo más   documentado; se refieren a los pueblos “civilizados” en el tanto que trabajan para criollos como sirvientes, boyeros, cargadores o guías, y por su participación en los mercados semanales, aunque ahí sin distinguir comunidad de procedencia.

Por lo general lo reportado por los viajeros se mantuvo como algo observable en la vida indígena durante el siglo XX; no obstante, algunos pocos rasgos que reportaron no sobrevivieron, por ejemplo, el uso de las armas en la guerra, la organización de una batalla como la recogida por Frantzius del informe de Pío Alvarado sobre los guatusos (Frantzius, 2014c: 185). Las vías, puentes, estilos  de llevar carga, se han mantenido hasta el presente. Se documenta el trueque, el legal y el de contrabando, y eso fue algo que articuló a los indígenas de los pueblos “civilizados” con los “montaños”, además con gente no indígena, y la venta en mercados en la costa y en las plazas en el Valle Central; por cierto, estos mercados en plazas habían desaparecido hasta que volvieron las ferias de los agricultores. En cuanto al trueque indígena, quien esto escribe puede atestiguar que aún era frecuente en el siglo XX que interesara más el objeto trocado que la posesión de dinero, como lo informan algunos de los viajeros.

Los observadores en que se basa el presente trabajo solo pocas veces fueron y comprensivos y amables con los indígenas; el que aportó mayor entendimiento de su ser y  sus costumbres fue Alexander von Frantzius, quien comunicó mejor  el estado del conocimiento existente en esa época sobre esta población.

 

Referencias bibliográficas:

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Bozzoli, María Eugenia. 1992. “La cosmovisión tradicional talamanqueña en la actualidad”. En El mito en los pueblos indios de América. Actualidad y pervivencia. Ediciones Abya-Yala. Quito, Ecuador. Colección 500 años Nº 48: 9-62. 

 

Bozzoli Vargas, María Eugenia. 2010. “La frontera de la frontera: sociedad indígena costarricense, 1800-1830”. Cuadernos de Antropología, UCR. Vol. 26 (2) 2016. http://revistas.ucr.ac.cr/index.php/antropologia/article/view/26492/27616  

 

Fernández Guardia, Ricardo. (1970). Costa Rica en el siglo XIX. Ciudad Universitaria Rodrigo Facio: Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA). Segunda Edición (Primera 1929).

 

Frantzius, Alexander von. 1882. “Acerca del verdadero sitio de las ricas minas de Tisingal y Estrella, buscadas in resultado en Costa Rica”. En Documentos para la historia de Costa Rica. León Fernández Bonilla, compilador. Tomo II. 23-73.San José, Costa Rica: Imprenta Nacional.

 

Frantzius, Alexander von. 1942. “Ensayo de una fundamentación científica de las condiciones climatológicas de Centroamérica”. Revista de los Archivos Nacionales. (1-2): 32-58.

 

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Gallatin, Abraham Alfonse Albert . https://es.wikipedia.org/wiki/Albert_Gallatin

 

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Hoffmann, Carl [Karl]. 2014b. “Una visita al volcán Barva de Costa Rica en 1855”.  En Viajes por Costa Rica”. Tomo I.  Elías Zeledón, compilador. San José: Costa Rica. EUNED. Págs. 303-349.

 

León, Jorge; Poveda, Luis J. 2000. Nombres comunes de las plantas en Costa Rica. San José, C.R.: Editorial Guayacán.

 

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Sauer, Carl O. 1959. “Middle America as Culture Historical Location”. En Actas del XXXIII Congreso Internacional de Americanistas. Tomo I. San José, C.R.: Lehmann. Pags.115-122.

 

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Trollope, Anthony. 1970. “Las Indias Occidentales y el continente español”. En Fernández Guardia, Ricardo. 1970: 449-520.

 

Tylor, Edward. 1865. Researches into the Early History of Mankind and the Development of Civilization. London: John Murray. 1871 Primitive Culture. Volume 1. London: John Murray.

 

Wagner, Moritz; Scherzer, Carl. (2016). La República de Costa Rica en Centroamérica. Tomos I y II. San José, C.R. Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, EUNED. Compilador Elías Zeledón Cartín.

 

[1] El trabajo resume información recogida para el proyecto “El Museo Nacional de Costa Rica: Devenir de la Institución (1849-2017)” en el que participan Myrna Rojas Garro, Olga Echeverría Murray y María Eugenia Bozzoli Vargas.

[2] Abraham Alfonse Albert Gallatin (Ginebra, Suiza, 29 de enero de 1761 Astoria, Nueva York, 12 de agosto de 1849) fue un etnólogo, lingüista, político, diplomático, y Secretario del Tesoro de Estados Unidos. https://es.wikipedia.org/wiki/Albert_Gallatin

[3] Johann Eduard Wappäus (17 May 1812, Hamburgo – 16 December 1879, Gotinga) fue un geógrafo y estadístico alemán. Estudió en las universidades de Berlín y Gotinga.  Fue docente en esta última. Entre diversas e importantes obras, escribió  Geographie und Statistik von Mexico und Centralamerika, 1863 – Geography and Statistics of Mexico and Central America.

[4] Oscar Ferdinand Peschel (17 Marzo 1826, Dresden – 13 Agosto 1875, Leipzig) fue un geógrafo y antropólogo alemán.

[5] Simaroubáceae, Simaba cedron. Árbol del Pacífico, a veces cultivado por indígenas, su fruto ovoide, amarillo, contiene una sola semilla grande utilizada como remedio tradicional para mordedura de serpiente. Su extracto controla paludismo y es efectivo en el tratamiento de la viruela (León y Poveda, 2000:167)

 

 

Discurso de Contestación

DISCURSO DE CONTESTACIÓN

de la señora 
Da. Maureen Sánchez Pereira

 

 

Logo Academia Morista Costarricense

 

 

Discurso de contestación al discurso de posesión de silla 

 

Buenas tardes, distinguidos miembros de la Academia Morista Costarricense, doña María Eugenia y público presente. 

 

Con gran placer he leído esta síntesis de una extensa investigación que la Dra. Bozzoli Vargas ha venido realizando junto a las antropólogas Myrna Rojas Garro y Olga Echeverría Murray en la que ofrece como hemos podido escuchar, una visión de los indígenas a mediados del siglo XIX.  Periodo en el que sucedieron  hechos de gran trascendencia para la historia del país, como el proceso de independencia, la conformación de la Nación, o los cruentos eventos y las consecuencias de la Campaña Nacional, situaciones que requieren de una mayor comprensión y discusión antropológica de los distintos actores que ahí se enlazaron.

El estudio encabezado por la Dra. Bozzoli , refleja la alta  rigurosidad que caracteriza cada uno de sus trabajos, se observa una búsqueda minuciosa de la información aportada por los viajeros hasta dar con el dato preciso, mediante una lectura crítica de artículos, diarios, notas, o incluso  correspondencia. Estas impresiones conforman un valioso esbozo de una etnografía temprana, precisamente por ello la autora previene al lector sobre el carácter subjetivo de los registros, la ausencia de una metodología etnográfica o el manejo de conceptos ampliamente cuestionados para explicar conductas, por ejemplo el uso del término raza, encasilladas en superiores o inferiores. 

Aporta la Dra. Bozzoli una contextualización de cada uno de los viajeros y naturalistas, resaltando la formación académica en algunos de ellos y sus aportes para entender a su manera y criterio las diferentes facetas de la vida en la Costa Rica del momento.  

Cabe indicar que viajeros como Alexander von Frantzius, colaboraron en el desarrollo de instituciones como el actual Museo Nacional de Costa Rica y Karl Hoffmann naturalista y médico ofreció sus valiosos servicios asistiendo heridos durante la guerra contra los filibusteros. 

La Dra Bozzoli, enfatiza que el carácter de esta etnografía externa debería de ser complementada con la visión interna, aquella que muestra lo que piensa la población indígena y que se debe extraer de documentos y actas municipales de la época. Sobre este punto en particular cabe recordar análisis e interpretaciones de los grupos indígenas, que en su momento realizaron la antropóloga Margarita Bolaños y la etnohistoriadora Claudia Quirós, la primera en su tesis de maestría en Historia, sobre las luchas de los pueblos indígenas del Valle Central por su tierra comunal en el Siglo XIX, presentada en 1986 y dos años después un artículo conjunto sobre el proceso del mestizaje del siglo diecisiete para comprender la génesis del campesinado criollo del Valle Central. Se une a ellas los sugerentes aportes de Eugenia Ibarra, que han contribuido a plantear una visión general de los pueblos indígenas y las relaciones entre las diferentes etnias, mediante una revisión de registros parroquiales, padrones de tributarios, actas y documentos municipales entre otros.  

De las categorías que Bozzoli establece para ubicar y evaluar los datos, voy a resaltar brevemente tres elementos sobre el pasado indígena.  El primero, corresponde a la importancia que se le dio a las “antigüedades o reliquias” las cuales son descritas en cuanto a su forma, dimensión o construcción; les sirvieron a los viajeros para ilustrar las tecnologías empleadas así como su uso, por ejemplo el Padre Acuña de Paraíso de Cartago le facilita las reliquias que guardaba al viajero Thomas F. Meagher en 1958, las cuales posiblemente hoy pueden formar parte de las vastas colecciones arqueológicas que en diferentes épocas del Siglo XIX fueron trasladas del país a museos de Estados Unidos y Europa. 

El segundo elemento se desprende de las anotaciones de Meagher, Hoffman o Frantzius cuando abordan los antiguos caminos o senderos que comunicaban lugares por ejemplo entre Cartago y el puerto de Matina en el Caribe, o el sur del país. En este sentido existen aportes sustantivos a la Arqueología de Costa Rica desde la última década del siglo XX, con un creciente interés por estudiar estos vestigios, en su mayoría trazados y diseñados por las poblaciones indígenas y modificados y alterados por los españoles y las siguientes acciones antrópicas y naturales de los siglos posteriores a su diseño. Esfuerzos de arqueólogos de instituciones como la Universidad de Costa Rica con Carolina Chinchilla en las faldas del Volcán Irazú o Gerardo Alarcón en la zona de Turrialba, el Museo Nacional de Costa Rica con Ricardo Vázquez en Turrialba y Pocora, y el Instituto Costarricense de Electricidad, con Cristina Hernández, para citar solo algunos, han permitido ir documentando in sitio partes de esos caminos algunos empedrados y otros mostrando un surco propio del sendero ancestral, dando fé de la veracidad de las anotaciones de estos viajeros. 

La tercera consideración sobre la categoría del pasado indígena, es una llamada a reflexionar e incorporar en las revisiones sobre el desarrollo de la Arqueología Científica en el país, estas tempranas observaciones y las “interpretaciones” de Frantzius sobre las clasificaciones regionales y la incidencia de las condiciones climatológicas en las diferencias culturales, para complementar las discusiones ya existentes desde finales del Siglo XIX con los trabajos pioneros de Carl Hartmann en Costa Rica.  

Finalmente el trabajo tan sugerente que la Dra. Bozzoli nos presenta, permite no solo acercarnos al conocimiento del pasado de antiguos asentamientos, caminos que conectaban aldeas y pueblos, formas de intercambio de bienes y trueque,  también son base para entender y explicar algunas de las transformaciones ocurridas en el Siglo XIX, y estimulan sin duda alguna a continuar investigando los procesos de cambio social y cultural ocurrido con las poblaciones indígenas costarricenses. Invito por lo tanto a la lectura del excelente trabajo de la Dra. Bozzoli Vargas.

Muchas gracias por su atención.