Miguel Mora Porras

Academia Morista Costarricense

D. Manuel Carranza Vargas

Manuel Carranza Vargas

Manuel Carranza Vargas es Abogado y Notario Público por la Universidad de Costa Rica y egresado de la Escuela Oficial de Turismo de Madrid. Durante sus años de ejercicio profesional combinó ambas disciplinas participando activamente en el desarrollo de la industria del turismo en Costa Rica desde sus inicios.

En varias ocasiones ha sido Presidente de Expotur, la Bolsa de Comercialización Turística de Costa Rica; fue Asesor Presidencial para Asuntos de Turismo, Asesor Legal de la Secretaría de Integración Turística Centroamericana, Profesor Invitado de la Universidad de Alcalá de Henares y Director Ejecutivo de la Cámara Nacional de Turismo de Costa Rica.

Publicó el libro “Legislación Turística de Costa Rica” y ha escrito numerosos artículos para publicaciones locales y extranjeras.

Desde hace una década dedica su tiempo a la Pintura Histórica de Costa Rica y al retrato.

Es Miembro Fundador de la Academia Morista Costarricense, corporación docta que le eligió Presidente para el período 2019-2023.

Manuel Carranza Vargas

Discurso de posesión de silla

DISCURSO 

pronunciado por Manuel Carranza Vargas ante la

ACADEMIA MORISTA COSTARRICENSE

el día 10 de setiembre de 2015 y contestación por Da. Marjorie Ross González

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Costa Rica

 2015

pronunciado en el Salón Dorado  de la Casa Amarilla, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto

 

 

Excmo. señor Ministro de Relaciones Exteriores y Culto, ad ínterin.

Señoras y Señores Académicos.

Apreciados amigos.

Sean mis primeras palabras para agradecer a las distinguidas señoras y señores Académicos por el honor que me confieren al acogerme entre Uds., y unirme a la tarea de perpetuar la memoria del más ilustre de los costarricenses. Mi especial gratitud a D. Armando Vargas Araya, que tuvo la gentileza de proponer mi candidatura

Que la asignación de esta  primera silla de la Academia haya correspondido a un pintor, renueva mi compromiso con  el principal entre los temas que he elegido para mi obra y con las tareas que me propongo para  los años por venir.  La pintura histórica, uno de los géneros más celebrados del arte por su carácter narrativo y por los mensajes morales e intelectuales que pretende trasmitir, ha tenido una escasísima presencia en el país. Los ejemplos son tan limitados que bien podrían citarse en un párrafo.

En los albores de la vida republicana, en Costa Rica no había pintores que trabajaran soportes planos. Los retratos que se conservan fueron ejecutados en el extranjero  o por artistas de paso en el país. Cuando la riqueza generada por la exportación del café permitió la adquisición de artículos suntuarios, ya la fotografía había empezado a abrirse su espacio en la vida nacional.

Así, salvo honrosa excepción, el país no tuvo esos cuadros de gran formato y paleta sobria, con figuras enmarcadas por estructuras arquitectónicas propias de los hechos representados, y las escasas edificaciones de importancia de esta capital, aprendieron a aceptar  la absoluta desnudez en sus paredes

La honrosa excepción a que me refiero es “La quema del Mesón” de D. Enrique Echandi, a quien tuve el privilegio de conocer siendo niño por su parentesco político con la familia Carranza.  

Para comprender esta singular obra de D. Enrique, es preciso tener en cuenta como antecedente que buena parte de los liberales de la segunda mitad del siglo XIX habían echado mano de la Guerra Patria para transformarla en la gesta fundadora de la nacionalidad costarricense y de paso borrar de la memoria histórica la figura de D. Juan Rafael Mora.  

En esos años, Juan Santamaría el valiente alajuelense que dio fuego a un mesón en Rivas, se consolidó como el héroe nacional y Echandi lo representó en su obra con fisonomía mulata y pelo ensortijado, conforme al relato de quienes lo conocieron. La reacción no se hizo esperar y D. Juan Vicente Quirós, director de un conocido periódico de la época, consideró el lienzo como “una caricatura que se burla sacrílegamente del héroe”, opinión que hacía eco de la afirmación de D. Pio J. Viquez, quien una década atrás se había permitido afirmar que los rasgos de Santamaría correspondían a la “genuina raza blanca costarricense”.  La obra de D. Enrique apenas logró exponerse en el Edificio Metálico en enero de 1897 durante dos semanas. Este fue el principio y el fin de la pintura histórica de gran formato en Costa Rica.

Aunque hoy, dignamente rescatada, la obra forma parte importante de los fondos del Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, el género de la pintura histórica ha permanecido como  una tarea tristemente desatendida por los artistas.  Aprovecho la idoneidad de esta tribuna para destacar la urgencia de criterios nuevos y hoy día, posiblemente transgresores en la plástica nacional que permitan redescubrir y revalorar la línea, el dibujo y el color de los hombres y mujeres que han construido nuestra Patria.

Cierto es que  los movimientos de vanguardia de la pintura contemporánea reaccionaron en contra del género de pintura histórica, pero sería un error afirmar que fuera a causa de su temática. Lucharon en su  contra por ser la favorita de la academia dominante. Sin embargo, las vanguardias no dejaron de tratar temas históricos y de ellos han sido claros ejemplos los muralistas mejicanos en nuestro continente, al igual que D. Pablo Picasso, que entre otros inmortalizó los horrores  de Guernica y  D. Salvador Dalí que de manera imponente trató el descubrimiento de América. En nuestros días los Bocetos de Afganistán de D. Augusto Ferrer Dalmau, reiteran el interés por el género de la pintura histórica.

Escudriñando en el morral de mis recuerdos, también he querido dedicar algunos párrafos de este discurso de posesión de silla que tanto me honra, a reconocer las fuentes inspiradoras que me han  permitido acumular los recuerdos, los paisajes y las gentes que hoy me dedico a pintar. Han sido mis verdaderos Talleres de Artista y la semilla de mi interés por las escenas históricas y costumbristas.

El recuerdo más lejano y el más querido es el regazo cariñoso de mi padre,  José Antonio Carranza. Falleció siendo yo aún un niño, sin embargo fue tanto lo que aprendí  en esos primeros 7 años de mi vida. Con Papá  conocí los papeles, los lápices y  los colores. Vivíamos en el centro de San José a pocas calles del Antiguo Palacio Nacional, el mismo que construyó el Presidente Mora y que Papá me llevó a conocer poco antes  de ser demolido. 

Era un San José a punto de emprender el cambio radical e ingrato que en pocos años, acabó prácticamente con toda la arquitectura y el diseño del S. XIX para dar paso a la estética adintelada que terminó dominando el paisaje urbano.

Fueron años felices en una ciudad sencilla. Con el sol brillante de las mañanas, comenzaba la vida de mi casa. Recuerdo la señora que viajaba de Escazú a pie y tocaba la puerta para dejar una canasta de huevos. Recuerdo a Cristóbal que hacía los mandados, llevaba recados y cargaba las bolsas del mercado. A Doña Socorro que hacía las tortillas. El sol siempre iluminaba la puerta.  A la mano estaban todas las imágenes del costumbrismo regional aldeano que hoy recojo en mis pinturas. Esos imborrables recuerdos fueron mi primer Taller de Pintura. Papá guiaba mi mano, mientras hacíamos una montaña, un árbol, un sol, una casita o un caballo y mi madre Alicia, junto a mi abuela Lía, ambas educadoras me entretenían con las imágenes de la biblioteca de la casa.  Con ellas aprendí el gusto por la historia y de ellas heredé una gran admiración y  respeto por el Presidente Mora.

Fui un niño de San José. Crecí con la ilusión de los veranos en Puntarenas y de los domingos de paseo con almuerzo.  Tengo frescos en mi mente los viajes en tren, las vendedoras de Orotina,  el susto del túnel y la incomparable sensación de asombro de la primera vez que vi el mar.

De esos años recuerdo con gran cariño a D. Guillermo Aguilar Machado, mi maestro de piano. Formado en Europa, D. Guillermo era  dueño de una vasta cultura, una agradable y paciente conversación  y una pequeña y valiosa muestra del impresionismo europeo que  conservaba en gran estima en la sala de su casa.  Allí contrasté la única pintura que conocía: las imponentes alegorías del Teatro Nacional con los pequeños formatos impresionistas y con una forma de pintar que no imaginaba.

Años después conocí mi otro Taller:  Europa. 

Desde el primer viaje que hice con mi madre a los 18 años, hasta los años posteriores que tuve la dicha de vivir en Madrid, la sucesión de imágenes de calles, edificios y paisajes nuevos  fueron moldeando en mí alguna forma de goût du passé.  Es el mismo que me inclina a pintar y mostrar la Costa Rica de los relatos históricos, de las costumbres y las tradiciones, de los oficios y el trabajo de las gentes.

Con justa razón decía Renoir que la pintura se aprende en los Museos. El recuerdo de Delacroix, de Goya, de Rubens y sobre todo de Velásquez y de cuanta obra y museo devoré con la vista, permaneció guardado aunque presente durante los muchos años que dediqué al Derecho y a la industria del Turismo hasta que llegó el momento de reinventar la vida, buscar la lista de los asuntos pendientes y descubrir que en e l primer lugar seguían esperando, el dibujo y la pintura.

De eso hace poco más de un lustro y confieso que desde que comencé, no he podido parar. Pinto porque necesito pintar, como respiro porque necesito respirar. Y de este modo  que en mucho tiene de terquedad autodidacta, me he ido formando teniendo siempre en la mente un particular dibujo de Goya.

También debo confesar que nunca tuve ninguna formación profesional en pintura. Soy solamente un aficionado estudioso y por ello me impresionó tanto esa imagen.

Goya, asustado por la persecución de la Santa Inquisición y exilado en Burdeos, realizó un dibujo a  lápiz cerca de 1825 que posiblemente sintetiza como ninguno su espíritu y su voluntad inquebrantable de desarrollo personal. Es el dibujo de un viejo, pero no uno encorvado y achacoso conforme a la tradición iconográfica sino un viejo medianamente erguido y  paliando los trastornos de su edad con un bastón.  Lo tituló “Aún aprendo”.  Y en él  nos legó una lección de vida, de humildad y de tesón.

La obra que hoy tengo el honor de depositar en manos de la Academia Morista Costarricense es ante todo, el resultado de estudiar y aprender.

Es un óleo sobre lienzo de 1.22m  x 0.92m. donde retrato a D. Juan Rafael Mora, ataviado con el uniforme de Capitán General  y luciendo las condecoraciones que le fueron otorgadas durante su vida. El fondo simula una estancia del Palacio de Gobierno en cuya pared cuelga el Escudo de la República, un escudo de armas que hoy se conserva en el Museo Nacional. Completa la escena una pequeña mesa donde descansa  su mano derecha  al lado del sombrero de plumón de garza y el bastón de mando con puño de marfil que conservan sus descendientes.

De D. Juan Rafael Mora existe una única fotografía conocida realizada en Panamá, cuyo original fue recientemente recuperado en la Biblioteca de la Universidad de Cornell en Nueva York , gracias a las valiosas gestiones del Embajador D. Román Macaya y al empeño  de nuestro distinguido amigo y Académico Numerario D. Mauricio Ortiz. Una copia de esa fotografía ha sido un valiosísimo documento de consulta permanente para la ejecución de la obra. En esta única fotografía,  el  Presidente aparece de frente a la cámara, el igual que en todas los retratos que conozco, incluido uno de mi ejecución.

En el que hoy entrego, el  Presidente luce  ligero escorzo hacia su lado izquierdo  para lo cual he debido recurrir a las reglas generales de la anatomía para intentar lograr la posición, respetando los rasgos faciales de la fotografía de referencia;  al tiempo que también he debido intentar conciliar la idea mimética que tengo del ilustre Presidente, con la correcta representación que corresponde a un Retrato de Estado.  El resultado es de mi entera responsabilidad.

He tenido presente de igual modo,  las importantísimas investigaciones históricas de D. Armando Vargas Araya, recogidas ya en cinco volúmenes.  Su detallada descripción del  Presidente Mora da cuenta que “su estatura es de escaso metro con sesenta. Grueso de contextura, relleno el rostro y el cuello corto. Cabello negro peinado hacia atrás y espesa sotabarba. Piel aceituna, ligeramente morena. Frente despejada, de clara inteligencia. Cejas largas, mirada penetrante. Labio superior delgado, nariz romana. Camina firme, lleva bastón con empuñadura de marfil…”

El antiguo Reglamento de las Milicias de la República, decretado en diciembre de 1850 me ha permitido la reconstrucción del uniforme: “pantalón encarnado con franja de oro, casaca azul turquí con cuello, solapas, botamangas y barras encarnadas, bordadas de oro, charreteras de canelón grueso con dos estrellas de plata en cada pala, sombrero apuntado con garzota blanca…el bordado figurará ramas de laurel y oliva entretejidas…el general en Jefe llevará además el bastón de mando…Los jefes y Oficiales del estado Mayor …usarán faja de los colores del pabellón nacional y espada corta…”

Para los años que vienen hay mucho que hacer.  Me he propuesto colaborar con una tarea que, al fin y al cabo, tiene 200 años de atraso. Sueño con el proyecto del Friso del Edificio de Correos y Telégrafos, del que ya ha dado cuenta detallada la Memoria del Bicentenario del Prócer de la Patria, recién publicada.  Serán nueve óleos de gran formato con las principales escenas del Gobierno de Mora.  Sueño con los lienzos que recogerán tradiciones de las 7 provincias del país, proyectados para ser ejecutados también al óleo y en formato grande para un nuevo Centro de Convenciones del país. Sueño con pintar el nacimiento de la ciudad de San José y los primeros años de la República.

Son tareas que no solamente se encuadran en la grandeza inmarchitable de la pintura de historia y de costumbres, sino en la feliz necesidad de trasmitirlas a los demás y cumplir con la generosa comunicación que es la esencia misma del arte de pintar.

Dios bendiga con salud estos propósitos.  Es lo que necesitaré porque de la ilusión y el entusiasmo por concluirlos, ya me he encargado yo.

Señor Canciller en ejercicio, señoras y señores Académicos, queridos amigos que me han acompañado esta tarde, muchas gracias.

 

 

Discurso de Contestación

DISCURSO DE CONTESTACIÓN

de la señora 
Da. Marjorie Ross González

 

 

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Discurso de contestación al discurso de posesión de silla

“Retrato del Capitán General D. Juan Rafael Mora”

del académico numerario Don Manuel Carranza Vargas

 

 

Excelentísimo señor Eduardo Trejos Lalli, Canciller en funciones.

   

Excelentísimo señores y señoras de la Academia  Morista Costarricense,

Distinguida concurrencia: 

 

 Hoy, 10 de setiembre de 2015, la Academia Morista Costarricense abre sus puertas y le otorga una silla de Académico de Número, a D. Manuel Carranza Vargas, que con generosidad me ha concedido el honor de recibirlo oficialmente como miembro titular en el seno de nuestra docta corporación. Muy honrada, he aceptado gustosa esta distinción.

Permítanme felicitar primero a Don Manuel por su discurso de Posesión de silla, en el que con generosidad nos ha abierto una ventana a su trayectoria, recuerdos y vivencias, al mismo tiempo que ha señalado las lagunas existentes en nuestro país en el área del retrato histórico, así como el racismo tras el mito de una nación blanca y ojiazul, mito que llevó a algunos a condenar la obra “La quema del mesón” de don Enrique Echandi, por pintar a Juan Santamaría con los colores de nuestra herencia mestiza. Paradoja de paradojas, habiendo sido la Guerra Patria una batalla contra el esclavismo.

Es de rigor en estas ocasiones comenzar esbozando un perfil del proponente:

Don Manuel Carranza cursó su educación primaria en la Escuela Buenaventura Corrales y la secundaria en el Colegio Saint Francis. Luego estudió en el Instituto Francés de Madrid y regresó al país donde se graduó como abogado y notario, en la Universidad de Costa Rica.

Aunque él apenas mencionó el área a vuelapluma, más tarde fue el primer costarricense en formarse profesionalmente en el campo del turismo, en la Escuela Oficial de Turismo de Madrid, cuyo profesorado estaba bajo la dirección del filósofo Don Luis Fernández Fúster. Llevó cursos de Historia del Arte, impartidos en el Museo del Prado, dirigidos por Diego Angulo Íñiguez, célebre historiador, curador y director de ese museo en aquella época. 

Al regresar a Costa Rica fue designado como primer Secretario Ejecutivo de CANATUR, y desde entonces se fue consolidando como líder de empresas turísticas, una pasión en la que destaca su amor por Costa Rica y sus riquezas naturales, que lo llevó por largos años, a ocupar la presidencia de la Asociación de Profesionales en Turismo, organizadora del principal evento anual sobre el tema, la Expotur, y a ser editor de múltiples publicaciones en esa área.

Es claro que ninguna de esas ocupaciones pudo apartarlo de su temprano interés por el arte, que se nutrió de sus estadías en el Viejo Continente, donde entró en contacto con la obra de los grandes pintores, despertando su fascinación por la pintura, que ha practicado en vidrio, en madera y en lienzo, y que desde hace tiempo ha abrazado con entera dedicación.

Don Manuel ha realizado varias exposiciones, individuales y colectivas, y su preferencia es por la figura humana y el retrato. En el 2014 elaboró una colección de 12 obras con el tema del trabajo y los trabajadores en Costa Rica. Actualmente se dedica a otra serie del mismo tamaño, titulada “Retrato de un país”, en la que los turistas que nos visitan evocan sus experiencias. Las obras serán reproducidas ampliamente, en lienzo, madera y cerámica. 

Este caballero multifacético ha logrado combinar con éxito sus diferentes actividades y su gran devoción y respeto por el Presidente Mora; y su presentación de este original retrato del Libertador no pudo resultar más oportuna, porque estamos en el mes de la Patria y porque nos acercamos a la celebración de una  nueva semana morista. 

Es que, queridos amigos y amigas que esta tarde nos acompañan, nuestra Academia, como claramente lo dice nuestra carta constitutiva, tiene como uno de sus fines primordiales estimular e impulsar la difusión de la gesta morista por medio de la pintura, las artes audiovisuales, la arquitectura, la danza, la escultura, la literatura y la música.

Es aquí donde encaja la obra pictórica que D. Manuel Carranza hoy nos propone, cumpliendo con creces el requisito de ingreso que exigen nuestros estatutos a los académicos de número.

 Este retrato se inserta con honores en el surco de la ingente labor que han venido realizando nuestros compañeros académicos y otros escritores e investigadores costarricenses, por llevar a cabo el rescate de lo acontecido en la Guerra Patria y del liderazgo heroico de nuestro Libertador. 

Carranza no ha tratado de convertir en mito a nuestro prócer. Ha mantenido su estatura original, sin aumentarle el tamaño artificiosamente, como se hacía con los retratos de los líderes históricos del siglo XIX en América Latina, para no mencionar los de los dirigentes estalinistas en el Este de Europa. 

El pintor se ha basado en las facciones de don Juanito que se conocen por la fotografía de 1854 en Panamá y la que le realizó durante su exilio en Nueva York el célebre fotógrafo Mathew Brady; en las descripciones de testigos presenciales y en la síntesis – que es ya clásica.- que hace del prócer Don Armando Vargas en su obra “El lado oculto del presidente Mora”. Todo ello adaptado muy cuidadosamente a la posición en que ha pintado la figura, que no nos ve a los ojos, como en los retratos arquetípicos, sino que parece mirar con intensidad su propio destino y el de la Patria. 

El artista se ha propuesto brindarnos una síntesis viva de la condición de estratega militar de don Juanito y de su visión de estadista. Si bien es la primera vez que el Libertador aparece mostrando sus medallas, con su atavío de Capitán General completo, su imagen no irradia la arrogancia y prepotencia que con frecuencia son inherentes al atuendo castrense, sino que proyecta los múltiples ángulos de su personalidad, que brilló en la guerra, pero también fuera del campo de batalla; en el día a día de su gestión gubernamental, como Jefe de Estado; y en su vida como ciudadano ilustre, que se mezclaba gustoso con los habitantes en la tienda, en la gallera y en la feria a cielo abierto.

La figura de nuestro prócer es compleja, pero con la magia creadora de los pinceles, don Manuel Carranza ahora integra los núcleos fundamentales del quehacer de Mora en un solo lienzo, que es por sí solo un ensayo completo de morismo, un relato minucioso, una biografía sintética de don Juanito como él lo mira, en un diálogo entre el pintor y el retratado, del  que irradian las complejidades de su carácter y de su tiempo. 

El pintor ha vencido el reto y nos ofrece su particular visión del Capitán General, para que posemos sobre ella nuestra vista, pero la suya no parece ser una imposición, un dictum, sino una propuesta, para que quien la contemple la pueda calibrar desde sus propios referentes, aunque nos regala la ilusión de verla a través de los ojos del artista. Un retrato será siempre una metáfora que el pintor comparte con el sujeto que mira.

Históricamente, muchos pueblos han rechazado la reproducción de su imagen, convencidos de que quien la capte les robará el alma. Me atrevo a decir que Carranza, en este lienzo, ha querido robarle -para nosotros, costarricenses del siglo XXI-, el alma a don Juanito.

Por todo lo expuesto, considero que este retrato realizado por don Manuel, así como el discurso con que lo ha acompañado, llenos de méritos, confirman el acierto de nuestra Academia al admitirlo hoy como uno de sus miembros de número.

Termino expresándole mi agradecimiento por haberme permitido el honor de responder su discurso en este día tan memorable; y en presencia de ustedes, le doy la bienvenida solemne, a nombre de todos los miembros de nuestra Academia, con el respeto que corresponde a quien contribuirá a engrandecerla con su aporte artístico e intelectual, en beneficio de nuestra organización y de la Patria toda. Muchas gracias.