Miguel Mora Porras

Academia Morista Costarricense

D. Armando Vargas Araya

Manuel Carranza Vargas

El escritor e historiador Armando Vargas Araya es miembro de número y Presidente Emérito de la Academia Morista Costarricense. Actual Embajador de Costa Rica en Australia, es miembro de número de la Academia de Geografía e Historia de Costa Rica y miembro correspondiente de la Real Academia Española, la Academia de la Historia de Cuba y la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua. Encabezó la Comisión Nacional del Bicentenario Morista (2014), fue el primer Presidente de nuestra Academia (2015-19), recibió el Premio Nacional de Historia Cleto González Víquez de la Academia de Geografía e Historia de Costa Rica  (2002) y la Orden del Mérito Juan Rafael Mora, del Concejo Municipal de Cantón Central de Puntarenas (2013). Fue el primer Ministro de Comunicación en el Gobierno de la República, profesor en la Universidad de Costa Rica y miembro de número de la Academia Costarricense de la Lengua. Cuenta con 31 títulos publicados, 19 de su autoría, cinco en coautoría y seis como editor. Sus obras más recientes son «Rubén Darío y José Martí. Fervor de Costa Rica» (San José: EUNED, 2018), «Juan Rafael Mora y la Guerra Patria. Costa Rica versus el expansionismo esclavista de Estados Unidos, 1850-1860» (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2017).

Manuel Carranza Vargas

Discurso de posesión de silla

DISCURSO 

pronunciado por Armando Vargas Araya ante la

ACADEMIA MORISTA COSTARRICENSE

el día 19 de octubre de 2017 

Logo Academia Morista Costarricense

 

Costa Rica

 2015

pronunciado en el Museo Rafael Ángel Calderón Guardia

 

 

El asesinato del carácter y la reputación de Juan Rafael Mora

El del segundo homicidio

 

Don Juan Rafael Mora fue asesinado dos veces. El 30 de setiembre de 1860 perdió la vida en un crimen de Estado perpetrado en Puntarenas. A lo largo de cinco años –entre octubre de 1856 y marzo de 1861– fue blanco de tiro del terrorismo de Estado con el despliegue de una campaña difamatoria que acabó por inmolar al personaje y aniquilar su nombradía. El propósito de esta disertación es examinar ese segundo asesinato y sus antecedentes, homicidio simbólico negado en los hechos por el yerro de los entendidos, la indiferencia moral o la banalización del mal[1].

 

El análisis del proceso se enmarca en la metodología que desarrolla la International Society for the Study of Character Assassination. Un esquema académico híbrido, con elementos de politología, psicología social, historia y comunicación, es aplicado a la vivisección del discurso del odio que se arma con el fin de consumar la obliteración de su carácter y reputación[2].

 

El estudio del caso Mora se divide en etapas: 1] del ascenso al mando de la república hasta las vísperas del conflicto bélico, 2] durante la Guerra Patria, 3] antes y después del cuartelazo, 4] antes y después del asesinato de Estado. Algunos criterios utilizados en el examen de la campaña difamatoria son: a] momento, espontáneo o premeditado, b] tipo del ataque, individual o grupal, c] audiencia a la que va dirigida y d] estrategias principales utilizadas.

 

A los efectos de esta memoria, por carácter se entiende una estructura psicofisiológica, organizadora y relacional, que pone al individuo de una manera única en articulación constante y dinámica con la circunstancia existencial, sea física, sociológica, situacional o interpersonal. Reputación es la estima pública de la persona, fruto de su mérito, bien público más que posesión privada que conlleva influencia y autoridad, vocablo ubicado en la constelación conceptual del prestigio, el honor, el estatus y la notoriedad. Asesinato del carácter es la destrucción deliberada de la reputación de una persona[3].

 

Mora es un caballero elegante, fornido, de estatura corta, piel morena, cara sonriente, mirada bondadosa, agradable rostro lleno, con un aire de afabilidad y casi tímido. Hereda de sus mayores y practica la benevolencia, la generosidad, la honradez, la magnanimidad, el patriotismo, el valor y la virtud cívica. Esposo cariñoso y buen padre de familia, posee vida inferior, fe y dignidad. De clara inteligencia, es franco y liberal; su corazón noble es ajeno a la crueldad. Viajado y versado en negocios, necesita grandes horizontes, sueña en grande y actúa localmente; es emprendedor audaz, comprende por instinto los desenvolvimientos y los mecanismos del progreso; adivinaba la actividad europea, las maravillas del crédito, la utilidad de la fusión de los intereses y de las razas. Como líder político, inspira confianza, es persuasivo, conocido y estimado por el pueblo, astuto y prudente, moderado en el fondo y en las formas, íntegro en el obrar, con rectitud de ánimo, eficaz en el uso del poder, resuelto al iniciar acciones dificultosas, no da espera ni permite que se difiera la ejecución de órdenes, tiene capacidad de entendimiento y aptitud en el desempeño de sus responsabilidades[4].

 

Goza de amplia reputación en la esfera de los negocios y en el mundo de la política. El papa Pío IX se refiere a él como «muy amado hijo, ilustre y honorable Señor Don Juan Rafael Mora» y lo enaltece a Caballero Gran Cruz de la pontificia orden ecuestre de San Gregorio Magno. Harper’s Magazine escribe en los Estados Unidos sobre su «honorable nombradía» y The New York Times dice que «como hombre de negocios, su reputación de persona derecha y honorable es reconocida por todos los que tratan con él». En Francia se afirma que la victoria en la Guerra Patria «le confiere gran notoriedad». A su deceso, editorializa El Salvadoreño: «Los pabellones centroamericanos deben recogerse a media asta. En la República de Costa Rica ha muerto el más grande de los centroamericanos»[5].

 

Precisamente, es en el lapso de la Guerra Patria cuando adquiere tracción la campaña difamatoria, precipitada luego por la apertura del Banco Nacional de Costa Rica. Varón de garra y vocación de poder, Mora acrecienta su liderato dual de empresario y político con el liderazgo militar emanado de la victoria sobre la invasión esclavista empujada desde los Estados Unidos. La primera crisis financiera mundial agobia la economía agroexportadora y torna contraproducente su reelección 1859-1865. Su derrocamiento incruento y el subsiguiente crimen de Estado son motivados por choques de intereses materiales y personales de sus implacables enemigos corporativos y políticos[6].

 

 

El ignaro ilegítimo

 

Jefe controvertido, los primeros seis años y tres meses de su Administración no están exentos de polémica. Aquí se presentan y refutan dos de seis recriminaciones de la campaña difamatoria, encubiertas todas en el anonimato aunque oficializadas por su publicación en la imprenta del Estado. Son embates contra su carácter de líder y su legitimidad de gobernante, orientados a socavar no quién es él en realidad sino a empequeñecer lo que los demás piensen sobre él.

 

Los principales ataques en la etapa inicial –formulados casi todos con posterioridad– se clasifican como insultos baratos, urdidos en el afán de demeritar al autodidacta y presentarlo como un ignorante. Insulto barato es un ataque contra ciertos rasgos propios de una persona, tales como su credibilidad, competencia u honestidad[7].

 

Primero, los detractores escriben que «su Administración nunca fue de ideas y principios. No tenía afición a tareas abstractas ni capacidad para ellas, tan solo durante el mando logró adquirir una instrucción superficial». Sin embargo, el erudito chileno Juan Durán Luzio lo define como el primer ensayista del país: «Resulta fuera de discusión que ese líder que no dudó en tomar la espada para defender la libertad de su patria y su derecho al porvenir, no tomara igualmente la pluma con la misma entrega, por las mismas causas, con igual devoción»[8].

 

Segundo, sobre la autoridad legal de su mandato. En una coyuntura de crisis política, Mora da un jaque al parlamento, clausurado por unos días hasta no conseguir la separación de cuatro de los diez parlamentarios. En consecuencia de ello, sus enemigos le cuelgan la mancha de una supuesta ilegitimidad imborrable, pues «disolvió el Congreso por un golpe de Estado, destruyendo desde ese momento el régimen constitucional que debía legalizar sus actos posteriores». Lo cierto es que detrás del acto de fuerza hay un cisma ideológico insalvable. De un lado, el escolasticismo colonial, la economía fisiócrata y el mercantilismo, los emisarios del pasado todavía uncidos mentalmente al tricentenario coloniaje de aislamiento, atraso, pobreza, rusticidad e intolerancia religiosa. Del otro, los heraldos del porvenir, la filosofía de la Ilustración, el predominio de la razón humana, la idea del progreso sustentado en la ciencia y la técnica, la implantación de las instituciones republicanas, el impulso a la educación, la cultura y la salubridad, el buen gusto y la tolerancia religiosa. Protesta Mora: «A cada medida de las muchas mejoras que demanda la función pública, he de ver levantarse esa oposición que un corto número de hombres hace tan solo porque el tiempo presente no es el pasado». En el siglo XXI el cierre del Legislativo por el Ejecutivo es impensable, pero en el siglo XIX se acostumbra el recurso del método: en el 48 el Congreso arrebata las prerrogativas de una Asamblea Constituyente y reforma la carta magna; en el 59 un cuartelazo instaura la dictadura que disuelve el Congreso, en el 63 el Ejecutivo clausura el Congreso, dos Asambleas Constituyentes resultan cerradas por la jefatura de Estado en el 70 y el 80, en fin, en el 92 el expresidente del Poder Judicial que encabeza el Poder Ejecutivo pone candado al Poder Legislativo. Dicho lo anterior debe señalarse que, acorde con su talante absorbente, Mora «no gustaba de contradicciones ni admitía oposición siquiera parlamentaria de minoría»[9].

 

El público meta en el tramo inicial de la campaña difamatoria se define como la élite nacional y, en el extranjero, los empresarios, la prensa y los gobiernos. La estrategia dañosa se basa en la negación de las realizaciones en los primeros años de la Administración y así sentar las bases para descalificar su acción gubernamental ulterior. El examen de los ataques muestra un  amplio grado de premeditación y alevosía. Desde el comienzo se perfila la intención de dar consistencia a la estrategia discursiva. La campaña difamatoria responde a un plan fríamente calculado, no solo a episodios aislados o espontáneos.

 

Hay entonces elevados niveles de analfabetismo y una audiencia reducida para los materiales impresos: muy pocos escriben y se lee poco. La mitad de los varones y la cuarta parte de las mujeres saben leer en las ciudades, mientras que en el campo solo quince de cada cien hombres y seis de cada cien mujeres saben hacerlo. Sus atacantes seguramente confían en que quienes leen, esparzan sus mensajes del odio entre la mayoría de los 120 000 habitantes que tiene el país[10].

 

 

El quimérico engañador

 

En los 14 meses y dos días de la Guerra Patria, el ataque contra Mora es doble, pues arrecia simultáneamente por los flancos de la propaganda filibustera y la ofensiva doméstica que llega hasta la planificación de su derrocamiento[11]. Las estrategias de la campaña difamatoria consisten en minar la personalidad del líder, negar sus logros en la conducción bélica y desprestigiar su política exterior. Enseguida, se reseñan tres, de veintidós, aspectos.

 

Primero, la invasión militar esclavista monta en Granada un periódico bilingüe, El Nicaraguense. Algunos textos son escritos por William Walker, como este, provocado por la victoria costarricense del 11 de abril en Rivas:

 

«A la larga lista de inhumanos monstruos sanguinarios que en tiempos diversos aparecen en acción sobre el escenario de las naciones, debe añadirse  el nombre de John Rafael Mora, presidente de Costa Rica y general en jefe de sus ejércitos en la guerra contra Nicaragua. En adelante, Mora deambulará por el mundo como objeto del aborrecimiento de todos los hombres, como diana de un rifle justiciero, con la marca de Caín sobre su frente y el estigma de la sangre sobre su nombre, mientras sus actos de muerte servirán únicamente para llenar un relato de terror. Por dondequiera vague y cualquiera sea su fortuna, la voz de la execración resonará en sus oídos y lo perseguirá hasta la tumba»[12].

 

He aquí algunos epítetos lanzados contra él por la prensa filibustera: aldeano, insensato, avaro, ruin, bastardo, criminal, imprudente, funesto, perturbado mental, cuarterón [25% negro], pigmeo, temerario, soberbio y cobarde, delincuente en una banda de asesinos y ladrones, insaciable con el sudor ciudadano, usurpador de minas, «personalmente responsable de introducir la peste del cólera a la Meseta Central». Sobre su conducción del Gobierno, le encaja los cargos de violador de la independencia de los Supremos Poderes, destructor de la libertad de imprenta, vil instrumento de Guatemala pero también afanoso de dominación centroamericana, aún más y más importante, tirano vitalicio[13].

 

Según Esquilo, el dramaturgo griego, «la verdad es la primera víctima de la guerra». Pero lo significativo de esta lista de invectivas es que, entremezclados con insultos baratos, en Granada se difunden por vez primera ciertos mensajes de odio que se reiterarán sin cesar, por ejemplo, los de estos versos:

 

Costa Rica obedece a un tirano

que alevoso la guerra declara

a la patria e iluso prepara

su sepulcro con su propia mano[14].

 

Segundo, más que coincidencias ocasionales, el análisis revela colusión, un pacto ilícito en daño de tercero, de la campaña difamatoria criolla con la propaganda esclavista que, en inglés, da el tono y marca el compás[15].

 

Sus enemigos pretenden hacer creer en San José que el conflicto bélico es «solamente un episodio entre las empresas [norteamericanas] del tránsito. Los filibusteros no querían pelear con nosotros, ni ocupar nuestras montañas. Él les provocó, les declaró la guerra y, contra el parecer de los hombres más ilustrados, empezó las hostilidades». Aseveran que Mora «engañó a todo el país». Una vez declarado el estado de defensa nacional, «convinieron los hombres sensatos, los que tienen juicio en tales materias», que el ejército no debía pasar al territorio de Nicaragua y combatir únicamente en territorio nacional. Tras acotar la naturaleza de la conflagración, pasan a cuestionar el motivo: «Solo por la guerra podía Mora librarse de las urgencias pecuniarias que pesaban sobre él. Se ha esperado en vano», añaden, «la [rendición de] cuentas sobre los fondos efectivos [300 000 pesos, según ellos] que llegaron todos directamente a manos de los Mora». Después, condenan la conducción de las acciones bélicas: «Él mismo se colocó  al frente del ejército, sin poseer conocimientos militares. La victoria de Santa Rosa se debió al valor y dirección de los jefes subalternos, aunque fue manchada por Mora con la fusilación de 21 prisioneros. La sorpresa de Rivas costó al país unos centenares de sus hijos, por la increíble negligencia e ignorancia de los generales en jefe. En la capitulación deshonrosa de Rivas, se derramó inútilmente la sangre de los soldados para obsequiar a los caprichos del general José Joaquín Mora». Empero, el filósofo e historiador cubano Eduardo Torres-Cuevas sostiene que «en Centroamérica se libró la primera batalla frontal exitosa que detuvo al expansionismo estadounidense, hasta entonces victorioso. Al presidente Juan Rafael Mora y a la nación costarricense les cupo el honor de haber obtenido el triunfo que permitió consolidar la independencia, la cultura y el destino constructor de nuestros propios pueblos. En Costa Rica, Mora defendió también el destino de Cuba»[16].

 

Tercero, la campaña difamatoria ataca las relaciones externas. Para sus enemigos, Mora alberga «la necia pretensión de abolir el derecho de gentes por parte de Costa Rica» y así obrar fuera de las convenciones civilizadas. Con la guerra, la política exterior «se apartó de la moderación y prudencia que antes la había distinguido» y le nacen a él «quiméricas ambiciones. Alucinado por especuladores políticos, ambiciosos caballeros de industria, [así como por] las insinuaciones y planes egoístas de su sobrino [Manuel] Argüello, soñaba en la hegemonía de Centro-América». Promueve «diferencias con el gobierno de los Estados Unidos y excita el odio de razas», pues, en línea con el alegato filibustero, aquello fue «una guerra de exterminio contra la raza americana»[17].

 

Los públicos meta en la segunda fase de la campaña difamatoria son la ciudadanía en general, las élites locales, la prensa y los gobiernos centroamericanos, las potencias extranjeras y especialmente el Gobierno de los Estados Unidos. Los ataques funcionan en tanto permiten desacreditar su visión de estadista y generar adeptos al movimiento contrario; cada serie de ataques es como un bloque que contribuye al pretendido triunfo simbólico en la dirección del Estado, así como en lo que se considera trascendente y relevante para el desarrollo socio-histórico costarricense. En esta fase segunda uno de los objetivos perseguidos es desacreditar la victoria en la Guerra Patria, demeritar sus aportes e inclusive cuestionar la legítima defensa que realiza en resguardo de la soberanía y libre determinación de los pueblos centroamericanos.

 

La renuncia del líder empresarial Vicente Aguilar Cubero a la Vicepresidencia de la República viene a engrosar y apremiar la operación psicopolítica de acoso y derribo contra Mora. Es su más peligroso enemigo, antagonista a muerte[18].

 

 

El traficante del crimen

La tercera y más aguda fase de la campaña difamatoria cubre un bienio, más un trimestre y una quincena. Es el periodo de acopio de imputaciones en preparación del cuartelazo y la tentativa posterior de justificarlo.

Empiezan a circular hojas sueltas clandestinas de ataque contra Mora. Una se titula «Su Majestad Juanillo I, Czar de Costa-Rica» que dice: «Su viaje [a Nicaragua por la inauguración de las obras del canal interoceánico, que continuaría a El Salvador y Guatemala] no tuvo otro objeto que el de exhibir su execrable persona en las demás repúblicas de Centroamérica, escudado de su fatuidad, creyendo que le sería fácil engañar a sus moradores para proclamarse Emperador de Centroamérica». En otra etiquetada como «Grande y extraordinaria caravana de animales vivos» se lee: «Nuestro único objeto, en este dilatado viaje [por el Istmo], es poner en exhibición al grande animal, conocido vulgarmente bajo el nombre de Juanillo I»[19].

Así como la propaganda filibustera aporta ciertos temas al guión del odio, la plataforma que los recoge todos y fija el discurso infamante es el panfleto anónimo intitulado Exposición de los motivos del cambio político acaecido en Costa Rica, el 14 de agosto de 1859, publicado en San José por la Imprenta Nacional el 2 de abril de 1860. En las treintaitrés páginas de apretado texto y cinco de anexos, se habla en sus once mil palabras en nombre de la dictadura –autodenominada Gobierno provisorio–, que lo hace editar en sus talleres gubernamentales de impresión. El folleto viene a ser un instrumento extremista producido, utilizado y escudado desde el Estado con fines de agitación social, propaganda política y homicidio simbólico[20]. Las ideas, el modo de argumentación, las referencias temporales y las formas lexicales traslucen el intelecto y el estilo del expresidente José M.a Castro Madriz –el antecesor de Mora– con el auxilio de las plumas del abogado Juan José Ulloa y del emigrado prusiano Ferdinand L. Streber, redactores los tres del periódico Nueva Era. Luego se alegará que «la responsabilidad de los datos e ideas enunciadas en la publicación, no descansa sobre uno o dos individuos». Detrás de ellos, dos columnas fuertes del movimiento contra Mora, Francisco M.a Iglesias Llorente y Julián Volio Llorente, sobrinos del obispo Anselmo Llorente y Lafuente[21].

Patriarcas como el bueno y puro de don Juan Mora Fernández, el ciudadano íntegro y espejo de probidad de don José Rafael de Gallegos, o el hombre recto y ecuánime que fuera don José M.a Alfaro, desfilan por las páginas del panfleto con el designio de deshonrar a Mora por contraste. Se usan en el cuadernillo dos arquetipos o modelos de político ideal, abierto don Braulio Carrillo y encubierto Castro Madriz, cuyos defectos se empequeñecen y se acrecientan sus cualidades con el fin de minusvalorar a Mora[22].

Enseguida se resumen cuatro –de treintaicinco– elementos de la campaña difamatoria en esta etapa intensa.

Primero, ataques contra su carácter, que consisten en acusaciones fuertes sobre atributos éticos o morales de la persona. Desde el periódico Nueva Era le echan en cara su falta de escolaridad y lo tildan de tonto, tosco y feo. Le achacan el pecado capital de la codicia, excesivo afán desordenado de riquezas, que la campaña difamatoria abrevia en una frase: «La corrupción era el poder». Asimismo, le adjudican «instintos de autócrata» excitado por el goce vitalicio del poder. En un momento dado le advierten: «Ya no nos engañará con sus sonrisas y apretones de manos. Estamos muy rejugados y su baraja es muy vieja». Pero, desde una perspectiva distinta, el periódico The New York Times comenta a su derrocamiento: «Es el más sabio y el más honesto de los gobernantes de la América española. Como hombre de negocios, su reputación de persona derecha y honorable es reconocida por todos los que tratan con él. Costa Rica ha prosperado inmensamente desde que él asumió la Presidencia de la República. Su fortuna vino a menos en la guerra. Su mejor hacienda, valorada en $100 000, fue hipotecada para financiar el esfuerzo bélico, finca cafetalera que ha sido vendida para sufragar parcialmente la deuda que el Gobierno no ha podido pagar. En vez de robarle al Estado, ha hecho nobles sacrificios a favor de su país»[23].

Segundo, ataques contra su probidad, que cuestionan la honradez de la persona. La publicación anónima –y oficial a la vez– dice que anduvo siempre «sumido en deudas y continuamente en ahogos porque todo el dinero que reunía lo despilfarraba en empresas y negocios mal calculados». Le endilgan que «tomaba prestado, como suyo, dinero de la administración de licores, de las tercenas de tabaco y de otros [orígenes, con los] que a veces mandó pagar a los peones de sus haciendas». Aparte de que «acordó vender terrenos comunes y municipales, escogiendo los que mejor le parecían para extender sus haciendas o para establecer nuevas fincas». Así rematan los vituperios: «Aquel desorden comprende todos los ramos del erario público». Debe constar que el escrito denigratorio reconoce, cita textual: «Hechos son estos que no necesitan de pruebas». Pero, el historiador y estadista don Cleto González Víquez, anota: «¿Había verdad en tales cargos? Algo habría de censurable, como tenía que acaecer con un gobierno que llevó a Nicaragua dos expediciones contra el filibustero, y cuyo jefe era un tanto desordenado hasta para sus propios asuntos y poseía una inmensa bondad y un alma generosa. Pero los cargos se exageraron por sus enemigos, numerosos e influyentes, para limpiarse de la culpa» del cuartelazo. La dictadura «exhibe a Mora como un déspota y un réprobo, sus faltas como horrendos crímenes y aun los granos de anís como montañas»[24].

Tercero, ataques contra su gestión, que impugnan la capacidad del gobernante para obtener recursos y usarlos eficazmente en el logro de objetivos de política pública. Degradan el concordato con el Vaticano pues «no contiene ideas transcendentales». Alegan que sus adictos le atribuyen la construcción de «dos muy medianos [edificios], el Palacio de Gobierno y el Teatro [Mora], y del Hospital [San Juan de Dios] que equivale a la malversación de los fondos reunidos por la liberalidad de los particulares». El veredicto es inapelable: «Debe condenarse una Administración que en nueve años no ha producido un solo hecho que la sobreviva, no ha puesto mano a realizar ninguna idea grande, no ha dejado ningún germen de la prosperidad futura del país». Difieren el historiador Carlos Meléndez Chaverri para quien «la obra de Mora es, sin lugar a dudas, polémica pero tiene a su haber el mérito del evidente incremento de la riqueza pública», así como el economista e historiador Tomás Soley Güell, para quien «su Administración señala una década de excepcional progreso»: la victoria en la Guerra Patria perfecciona el alma nacional al dotar a la república de su epopeya y creando su leyenda heroica; Costa Rica entra de lleno en la vida internacional y celebra tratados de paz, comercio y amistad con las demás naciones; se inaugura el primer teatro formal, levantado con fondos municipales; organiza el alumbrado de San José y reglamenta el cuerpo de serenos o policía municipal; construye edificios para la Universidad de Santo Tomás, el Palacio Nacional, la Fábrica de Licores y el Hospital San Juan de Dios; continúa los esfuerzos en pro de la enseñanza pública y los padres de familia son obligados a hacer que sus hijos concurran a las escuelas[25].

Cuarto, falsificaciones puras y simples, con adulteraciones de la realidad y afirmaciones que no son verdad. «La injerencia del señor Mora en la administración de justicia era una de las causas que más le desconceptuaron en la opinión de las mejores clases» le incriminan y, sin más, le imputan: «Se le vio traficar con el crimen». En otra parte, lo culpan de que «no había prensa para que el hombre defendiese su honor y sus derechos o el ciudadano dilucidase una cuestión de interés público». Más adelante: «Un  gobierno de espionaje y persecución, en el que dominan la arbitrariedad y la ineptitud para la dirección, en el que descuellan la vanidad y la ignorancia, es un gobierno nefario e insoportable». Ante esta cadena de falacias, se recuerda la expresión del obispo e historiador Víctor M. Sanabria: «La pluma retrata el corazón del hombre»[26].

Un año más tarde, el emigrado neogranadino (colombiano) Uladislao Durán, defiende la autenticidad de las inculpaciones lanzadas en el panfleto denigratorio, calificado por él mismo como manifiesto, «obra grave, circunspecta y valiosa sobre hechos cuya vecindad y trascendencia son indisputables, necesidad reconocida por los hombres más importantes e inteligentes del país». Dice que Mora estuvo «lejos de oponer una contestación formal para desmentir la exactitud de los hechos y motivos ahí consignados. Forzoso es reconocer su carácter incontestable de veracidad». Algún maestro del engaño llegaría a acuñar el aforismo: «Una mentira, repetida mil veces, al final termina siendo una verdad» [Eine tausendmal wiederholte Lüge endet als Wahrheit][27].

En el período de análisis son constantes los ataques a la personalidad de Mora. Mientras que en la primera fase son pocos los ataques registrados, en la segunda fase la campaña difamatoria se centra en atacar las decisiones adoptadas en el marco de la Guerra Patria y cuestionar su legitimidad en el ejercicio del mando. En esta fase tercera se construye una imagen negativa de Mora al entremezclar las críticas de las fases anteriores con el fin de poner en tela de juicio su legitimidad, honorabilidad y capacidad para gobernar. Se presenta su Administración como si fuera adversa a los principios democráticos, carente de soberanía popular y lesiva de la voluntad de las mayorías.

 

El filibustero anexionista

La cuarta y última etapa de la campaña difamatoria cubre un intervalo de un año y tres meses, antes del crimen de Estado y luego del asesinato. Se reseñan tres –de treinta– ataques catalogados como insultos baratos, falsificaciones e intentos de homicidio simbólico.

Primero, los insultos baratos. Sus procaces atacantes echan mano a cuanta expresión y palabra les fuera útil en el afán de manchar el honor de quien «no tiene de humano más que la forma y debe ser clasificado en la serie de reptiles ponzoñosos o de bestias sanguinarias y feroces». En sus desaforados escritos lo califican de «apóstol de la mentira, de las tinieblas y del crimen; ladrón y pirata; vil discípulo de Caín,  Nerón y Calígula; payaso político, estadista de aldea y –en francés– pauvre diable!» Lo retan mientras permanece desterrado en el exilio: «No hiere porque le falta el puñal, no anarquiza, ensangrienta ni invade a Costa Rica porque no puede; no sacia su sed de oro y venganza, porque le faltan apoyo y recursos». Lo acusan de representar «las banderas del absolutismo, saludadas por la risa y el desprecio y execradas por la cólera santa». Y en uno de los ataques post mortem lo sindican de «mártir de una loca obcecación». Pero, el pedagogo salvadoreño Francisco Castañeda lo justiprecia de manera distinta: «En Mora, como en los varones ilustres de Plutarco, hay muchas fases que estudiar. En la complejidad de merecimientos, se exterioriza la ecuanimidad que solo a los hombres superiores pertenece. Antes que Libertador, fue magistrado. Hizo la felicidad de su pueblo convirtiendo en realidad los ideales del patriotismo. El factor principal radicaba en el hombre mismo: en su educación, en su carácter, en el temple catoniano de su espíritu»[28].

Segundo, falsificaciones, o mentiras revestidas con hechos difíciles de distinguir. En una coyuntura, sus enemigos dicen que luego del cuartelazo «se lo trató no como a un tiranuelo derribado sino como a un amigo caído, se le guardaron toda especie de consideraciones [al punto de que] se le dio su propio gabinete por prisión en el Palacio Nacional». Meses después ya lo rotulan como «criminal convicto, de siniestras miras y quijotescas esperanzas sobre Costa Rica». Según ellos, bajo su mando el país «yacía en vergonzoso pupilaje». Entre el cúmulo de falacias figuran estas: «Con el puñal fratricida en la mano, la procacidad en los labios y el veneno en el corazón», sus compañeros son marcados como «ateos desmoralizadores, que levantan la bandera para imponer su moral de verdugos, con la cuchilla en la mano y el cadalso por estandarte. Esos revoltosos, filibusteros sin patria que él capitanea, llevarán la maldición de la posteridad. Mora y sus secuaces son esa nueva secta de anabaptistas». Más acusaciones: «Mercenarios sin fe, sin Dios, sin religión, ni honor. Hijos degradados de la república que dividen al pueblo para lograr la anexión [a los Estados Unidos]». Ante tales falsificaciones se levantan tres testimonios fehacientes: monseñor Víctor Manuel Sanabria autentica que «don Juan Rafael Mora fue católico, y no solo en teoría sino también en la práctica»; Lorenzo Montúfar acredita que «Mora era uno de los hombres menos anexionista [hacia los Estados Unidos] que ha tenido la América Central»; para don Cleto González Víquez, «la figura de Mora se tendrá por los siglos venideros como símbolo del nacionalismo centroamericano»[29].

Tercero, homicidio simbólico, consistente en acusaciones directas y afirmaciones graves orientadas a que la persona sea inadmisible en la sociedad. La campaña difamatoria acepta carecer de perspectiva histórica e «imparcialidad severa para juzgar hombres que aún viven y acontecimientos tan cercanos», lo cual no obsta para reputar su Administración de «dictadura conducida paso a paso al sepulcro», palabras que recuerdan los versillos filibusteros antes citados sobre «un tirano que iluso prepara / su sepulcro con su propia mano». Horas después del cuartelazo, anuncian «la revisión de cuentas que demuestre cuánto se robó Mora de la caja fuerte: de seguro se caerá sobre sus ricas fincas cafetaleras para recuperar cualquier faltante»; luego de un semestre, avisan sobre «el escrupuloso examen de los archivos y cuentas que suministra abundantes datos para exigirle una responsabilidad personal que la política recomienda como escarmiento». En el colmo de la fiereza desenfrenada, acusan a Mora de «filibustero y filibustero de la peor ley. El miserable caudillo de los aventureros, unido al bandido Walker, trae la guerra a Centro-América. Con Walker ha aparecido para encender la guerra civil, que no puede explicarse sin la unión de estos dos caudillos. Hay derecho para calificarlo de traidor, de apóstata, de filibustero, de socio de Walker». Pero, el historiador nicaragüense Jerónimo Pérez escribe en sentido contrario que Mora no se desalentó con la peste del cólera morbus, «lejos de eso, pensó en una nueva expedición. Todos sus amigos le hacían ver las graves dificultades que había que allanar, en cuenta el señor don Vicente Aguilar [quien] le dijo: —¿Con qué recursos contaría usted para la guerra? Mora le contestó: —Con mi capital primero, y en seguida con el de usted. ¡Quién creyera que a este Mora de tan ardiente patriotismo, y al heroico [José M.a] Cañas, tres años después les fusilarían sus compatriotas en Puntarenas! Los centroamericanos que pasen por allí, visiten esas tumbas venerandas… en ellas descansan dos héroes, a quienes Centroamérica debe su salvación del filibusterismo»[30].

El desaparecido de la memoria colectiva

El análisis de la operación clandestina orquestada con el objetivo de asesinar el carácter y la reputación de Juan Rafael Mora, representa una de las primeras aplicaciones en Latinoamérica de una metodología en proceso de cristalización por la comunidad académica de la  International Society for the Study of Character Assassination. Este breve estudio aspira a ser un punto de arrancada para otras investigaciones que examinen cómo el asesinato simbólico de Mora sentó las bases para la construcción de una serie de imágenes y representaciones negativas que perviven aún. El propósito inicial no ha sido otro que explorar la tipología de los ataques, las etapas de beligerancia verbal, los públicos meta y las estrategias principales de la campaña sistemática de difamación y odio. En el quinquenio comprendido del 22 de octubre de 1856 al 15 de marzo de 1861, se desplegó en Costa Rica una de las pugnas retóricas más feroces del mundo en el siglo XIX por la destrucción de una personalidad pública, pues al cuartelazo y el asesinato de Estado siguió la destrucción de la nombradía de Mora y su legado.

Dos visiones de país se enfrentaban en el combate discursivo. En esclarecedoras palabras contemporáneas de The New York Times, aquello fue «una regresión sangrienta del progreso a la reacción, del pensamiento libre a la superstición, y el espectáculo extraordinario de un pueblo en el alba radiante de la civilización que retrocede a las tinieblas»[31]. No obstante, en retrospectiva se comprueba que ambos asesinatos –el físico y el del carácter– dieron paso a un ‘quitate vos para ponerme yo’. Algunos miembros del régimen de la nueva era –parido por el cuartelazo y el homicidio dual–

se apropió de la ideología del progreso que con tanta energía e ilusión había introducido Mora, al punto de constitucionalizarle conquistas emblemáticas de su Administración, por ejemplo la ley de 1858 sobre la obligatoriedad de la educación «en todas las clases de la sociedad» pues «el deber más imperioso del gobernante es proveer a la educación de la juventud», llevada en 1869 a la Constitución como gran novedad.

Mora era susceptible de recibir los cañonazos retóricos de la campaña difamatoria porque no siempre supo resistir a las tentaciones del poder. Se cubrió de gloria en la Guerra Patria, como también se llenó de angurria y de soberbia. Lo perdió su reelección que le permitía, de acuerdo con el orden constitucional, completar quince años al mando del Estado, a sabiendas de que las repúblicas abominan del continuismo. Vigoroso a sus 45 años de edad, había el peligro de Mora para rato[32]. Además, imperaba no a dúo con un hermano, como se ha usado en décadas recientes, sino como jefe del Clan Mora: un hermano al mando del Ejército y otro en el Congreso, un cuñado en el ministerio de Hacienda, Guerra y Marina (y un hermano de este en la Gobernación de Puntarenas), un sobrino en los tribunales de justicia y otros dos cuñados en el Congreso también. La preponderancia de los Mora en el manejo del aparato estatal se convirtió en una amenaza para sus poderosos enemigos de las finanzas, el comercio y la agricultura, por ejemplo la apertura del Banco Nacional de Costa Rica con participación del Estado que les disputaba el negocio gordo de la usura; no en vano, quienes lo acosaron, derribaron, sacrificaron y luego asesinaron su carácter y reputación, fundaron ellos mismos un par de años después el Banco Anglo Costarricense, propiedad privada mayoritariamente de las familias de Vicente Aguilar Cubero y José M.aMontealegre Fernández, el sucesor de Mora en la Presidencia de la República[33].

Nadie expresó con más claridad la meta última de la campaña difamatoria como el abogado de Vicente Aguilar Cubero quien tan solo cuatro días después del crimen de Estado dice percibir «la mano de hierro con que la Providencia manifiesta en momentos críticos su voluntad». Ferdinand Streber escribe estos párrafos reveladores: «Un día tendrá Costa Rica un panteón, templo del silencio y de la reconciliación, donde reposen los restos de sus héroes y en los que la gratitud levante monumentos imperecederos al recuerdo de sus bienhechores. En él se leerán los nombres de DON BRAULIO CARRILLO [todo con mayúsculas en el original], y los de los intrépidos defensores de la independencia en los campos de Santa Rosa y Rivas contra la invasión filibustera. [Y, con triples signos de admiración:] ¡¡¡Entre esos nombres, el de don Juan Rafael Mora faltará!!![34]» Una lápida de olvido fue impuesta sobre la personalidad de Mora, su vida, obra e ideología de la costarriqueñidad. Pasaron doce años antes de que alguien osara mencionarlo en los salones del Palacio Nacional y quince para que el Congreso dispusiera levantarle un mausoleo en el que reposaran sus cenizas, las del general José Joaquín Mora y las del general José M.a Cañas, ley vigente aún y totalmente incumplida. En cierta historiografía tradicional persisten los ataques al carácter y la reputación de Mora. Una reciente producción videográfica, financiada con los impuestos que pagamos usted y yo, lo presenta alcoholizado, cargo que nadie se había atrevido a endilgarle a lo largo de siglo y medio; en el mismo video se crea un falso histórico, por el que su asesino intelectual, Vicente Aguilar Cubero, aparece con autoridad moral –angelical acaso– para juzgarlo en su celda de condenado a muerte.

¿Fue eficaz el asesinato del carácter y la reputación de Juan Rafael Mora? El viernes anterior fui invitado por una de las escuelas de ciencias sociales de la Universidad de Costa Rica, a conversar sobre aspectos geoestratégicos de la Guerra Patria en el Espacio Circuncaribe. Los estudiantes de tercer año de la carrera, apenas sí recordaban cuatro cosas: Walker, los filibusteros, Santa Rosa y Rivas. Eso aprendieron de sus maestros de escuela y profesores de colegio, formados en las universidades con libros de texto anacrónicos e inadecuados. Es ostensible el silenciamiento que niega los méritos de Mora, no estudiados con derechura, amplitud y profundidad y, en consecuencia, se lo ha borrado de la memoria colectiva. Es un caso que podría encuadrarse en la práctica romana de sanción de la memoria, a través de «estrategias deliberadamente diseñadas con el objetivo de cambiar la imagen del pasado, por la obliteración, la redefinición o ambas»[35]. No existe una biografía de Mora que pudiera compararse con las de otros Libertadores de América[36].

Esta aproximación inicial a un tema tan complejo y vasto subraya la necesidad de llevar adelante más investigaciones, a fin de generar conocimiento, mejorar la docencia y ampliar la difusión. Se espera que este discurso pueda publicarse pronto, con anexos como el inhallable panfleto del 2 de abril de 1860, núcleo duro de la campaña difamatoria.

Hay un antiguo cuento judío que ilustra los tristes efectos de los chismes. Aunque existen diversas versiones, todas vienen a decir lo siguiente:

Había una vez un hombre que estuvo contando mentiras acerca del sabio del pueblo. Con el tiempo, aquel chismoso se dio cuenta de que había actuado mal. Fue a pedirle perdón al sabio y le pregunto como podía corregir el error. El sabio le pidió una sola cosa: agarrar una almohada, abrirla con un cuchillo y esparcir al viento las plumas que estaban dentro. El chismoso se quedo extrañado, pero decidió complacerle. Luego volvió a ver al sabio y le pregunto:

—¿Ya estoy perdonado?

—Primero tienes que ir a recoger todas las plumas —respondió el sabio.

—¡Pero eso es imposible! El viento ya las ha dispersado —protesto el chismoso.

—Pues igual de imposible es deshacer el daño que has causado con tus palabras

—concluyo el sabio.

La lección no puede estar mas clara: una vez que dejamos salir las palabras, no podemos recuperarlas, y a menudo nos resulta imposible arreglar el daño que causan. Por eso, antes de contar cualquier cosa sobre alguien, recordemos que estamos a punto de soltar plumas al viento

[1] Tomás Federico Arias Castro, Los asesinatos del presidente Mora Porras y del general Cañas Escamilla. Análisis histórico-jurídico de su proceso, ejecución y sepelio, San José: Euned, 2016. Véanse E. Raúl Zaffaroni, «El crimen de Estado como objeto de la criminología» –donde afirma que «el crimen de Estado es un delito altamente organizado y jerarquizado, quizá la manifestación de criminalidad realmente organizada por excelencia»–; sobre terrorismo de Estado, Corte Interamericana de Derechos Humanos, Caso Goiburú y otros vs. Paraguay, sentencia del 22 de setiembre de 2006, incluido el voto razonado del juez Sergio García Ramírez; sobre banalización del mal, Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal, Barcelona: Debolsillo, 2006. Yerro del entendido → descuido o error cometido por persona discreta o perita y que por consiguiente suele ser de más trascendencia.

 

[2] La ISSCA (https://characterattack.wordpress.com/) es una entidad científica, educativa, sin fines de lucro y no ideológica establecida para: a) facilitar el intercambio de comunicaciones sobre investigación científica, teoría y práctica concernientes al character assassination a través de las fronteras de las diversas disciplinas académicas; b) expandir la comunidad de los académicos con interés científico y práctico en el examen del fenómeno del character assassination y la difamación; y c) proporcionar apoyo mutuo entre sus miembros en relación con su libertad de generar y diseminar sus ideas y los resultados de sus trabajos. Véase sobre el método, Martijn Icks y Eric Shiraev (editores), Character assassination throughout the ages, New York: Palgrave Macmillan, 2014.

 

[3] Roger Gaillat, Clefs pour la caracterologie, Paris: Éd. Seghers, 1973. Emmanuel Mounier, Tratado del carácter, Buenos Aires: Ediciones Antonio Zamora, 1971. Pierre-Marie Chauvin, «La sociologie des réputations. Une définition et cinq questions», Communications, n.° 93, París, 2013/2, pp. 131-145. Robert N. Bellah, «The Meaning of Reputation in American Society», California Law Review, vol. 74, n.° 3, 1986, pp. 743-751. Icks y Shiraev, Character assassination throughout the ages, p. 4.

 

[4] Este retrato caracterológico procede de los testimonios escritos por sus contemporáneos chilenos, colombianos, estadounidenses, franceses, guatemaltecos, irlandeses o salvadoreños, Francisco S. Astaburuaga Cienfuegos, Félix Belly, Manuel Gallardo Avilés, Pedro A. Herrán, Mirabeau B. Lamar, Thomas Francis Meagher y Lorenzo Montúfar Rivera, cuyos textos aparecen en Armando Vargas Araya (editor), Polifonía del Padre de la Patria. Ciento treinta atisbos, narraciones y testimonios sobre el capitán general Don Juan Rafael Mora, San José: Grupo Editorial Eduvisión, 2014.

 

[5] Vargas Araya, Polifonía del Padre de la Patria, pp. 38-39, 80, 83-86 y 104-105.

 

[6] Al momento de abrir sus puertas el banco, «comienza el conteo regresivo del término de su estadía en el poder», dice Bernardo Villalobos Vega, Bancos emisores y bancos hipotecarios en Costa Rica, 1850-1910, San José: Editorial Costa Rica, 1981, pp. 25-70. La acumulación de lideratos «le confiere cierta peligrosidad a los ojos de sus adversarios. Sectores importantes de cafetaleros y comerciantes se ponen de acuerdo para derrocar al vencedor de [William] Walker», observa Juan Bosch, Apuntes para una interpretación de la historia costarricense, San José: Editorial Eloy Morúa Carrillo, 1963, pp. 26-27. Sobre la crisis financiera global de 1857, véanse D. Morier Evans, The History of the Commercial Crisis 1857-58 and the Stock Exchange Panic of 1859, London: Groombridge & Sons, 1859 y Mikhail Tugan-Baranovsky, «La crisis de 1857» en Las crisis industriales en Inglaterra, Madrid: La España Moderna, 1914, pp. 110-128. «Entre los hombres adinerados de todos los países hay caracteres como aquel del señor [Vicente] Aguilar. Esta página de sangre no fue más que un ajuste de cuentas. El señor Aguilar expiró súbitamente, el 26 de abril de 1861, siete meses después de su triste victoria, de una osificación del corazón. Esta expresión basta para pintar al hombre», escribe Félix Belly, A travers l’Amérique Centrale, tomo 1, Paris : Librairie de la Suisse romande, 1867, pp. 379-385.

 

[7] Icks y Shiraev, Character assassination throughout the ages, p. 11.

 

[8] Anónimo, Exposición de los motivos de cambio político acaecido en Costa-Rica, el 14 de agosto de 1859, San José: Imprenta Nacional, 1860, p. 6. Juan Durán Luzio, Juan Rafael Mora Porras: escritos selectos (primer ensayista costarricense), San José: Imprenta Lara, 2011, p. 11.

 

[9] Se separaron del Congreso los representantes cartagineses Adriana Bonilla Peralta y Juan de Dios Marchena Nava de Cartago, así como los heredianos Juan Rafael Reyes Frutos y Manuel J. Zamora. Anónimo, Exposición de los motivos de cambio político…, p. 5. Juan Rafael Mora, «Jaque presidencial ante la politiquería obstruccionista», 28 de enero de 1852, en Raúl Aguilar Piedra y Armando Vargas Araya (editores), Palabra viva del Libertador. Legado ideológico y patriótico del Presidente Juan Rafael Mora para la Costa Rica en devenir, San José: Grupo Editorial Eduvisión, 2014, p. 170. «En 1848, por la vía de la simple enmienda, el Dr. [José M.a] Castro [Madriz] emite realmente otra nueva carta en la cual se perfecciona la prepotencia del Ejecutivo. [Braulio] Carrillo usurpó sin duda el poder constituyente pero el Dr. Castro lo desnaturaliza para siempre», Mario Alberto Jiménez Quesada, Desarrollo constitucional de Costa Rica: soberanía externa y relaciones entre el legislativo y el ejecutivo en nuestra evolución constitucional, San José: Editorial Juricentro, 1992, p. 142. Rafael Obregón Loría, Hechos militares y políticos, Alajuela: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 1981, pp. 104-105, 121-124, 142, 164-166, 198, 235. Cleto González Víquez, El sufragio en Costa Rica ante la historia y la legislación (1821-1872), tomo 1 de sus Obras Completas, San José: EUNED, 2014, p. 173.

 

[10] Véase Censo general de la República de Costa Rica, remitido el 14 de agosto de 1865 por Ferdinand Streber, director de Estadística, a Juan J. Ulloa, secretario de Gobernación, San José: Imprenta Nacional, 1868.

 

[11] Sobre el intento de derrocarlo (30 de junio de 1856), véase Armando Vargas Araya, El lado oculto del Presidente Mora. Costa Rica versus el expansionismo esclavista de Estados Unidos (1850-1860), San José: Grupo Editorial Eduvisión, 2016, pp. 106-109.

 

[12] El Nicaraguense (Granada), 26 de abril de 1856.

 

[13] El Nicaraguense (Granada),  2 y 23 de febrero, 22 de marzo, 26 de abril, 17 y 18 de mayo, 12 de junio, 29 de agosto, 27 de setiembre, 4 de octubre y 1.° de noviembre de 1856.

 

[14]El Nicaraguense (Granada), 24 de mayo de 1856.

 

[15] Hay costarricenses que escriben en el periódico de los filibusteros como Eusebio Figueroa Oreamuno, residente en Nicaragua, o Francisco M.aIglesias.

[16] Anónimo, Exposición de los motivos de cambio político…, pp. 6, 8-12. Alcance a la Nueva Era, 26 de setiembre de 1859. Nueva Era, 8 de octubre de 1859. Eduardo Torres-Cuevas, «Presentación a la edición cubana», en Armando Vargas Araya, Juan Rafael Mora y la Guerra Patria. Costa Rica versus el expansionismo esclavista de Estados Unidos (1850-1860), La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 2017, pp. xiii-xix.

 

[17] Anónimo, Exposición de los motivos de cambio político…, pp. 6, 23-24 y 26-27.

 

[18] Electo el 16 de setiembre de 1856, Vicente Aguilar Cubero ocupó la Vicepresidencia hasta el 22 de octubre: en seis semanas comprobó que el presidente Mora «no era hombre que aguantase ir en ancas de nadie». Véase Emilio Contreras, Suárez. Acoso y derribo: las conspiraciones, las traiciones y el cerco al presidente contados (en papel), Madrid: La esfera de los libros, 2016.

 

[19] «Las palabras de un creyente», del abate Felicité Lammenais, traducción en sorna dedicada a S.M. Juanillo I, Czar de Costa Rica, hoja suelta fechada en San José el 20 de febrero de 1858.

 

[20] El régimen golpista mandó sin constitución política del 14 de agosto de 1859 al 29 de abril de 1860 y del 18 de setiembre de 1860 al 18 de marzo de 1861: ocho meses y medio primero y luego seis meses más de dictadura. Véase Clotilde Obregón Quesada, El proceso electoral y el Poder Ejecutivo en Costa Rica, San José: EUCR, 2000, pp. 154-162. «El terrorismo de Estado es el ejercido por los que detentan el poder político», José García San Pedro, Terrorismo: aspectos criminológicos y legales, Madrid: Publicaciones de la Facultad de Derecho, Universidad Complutense, 1993, p. 15.

 

[21] Nueva Era, 28 de abril de 1860.

 

[22] Véase Carl Jung, Arquetipos e inconsciente colectivo, Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica, 1970. Sobre Alfaro, Gallegos y Mora Fernández,González Víquez, Obras Completas, t. 1, pp. 76, 93 y 188. Francisco M.a Iglesias, Braulio Carrillo: tributo patrio consagrado a su memoria en celebración del primer centenario de su natalicio, San José: Tipografía Nacional, 1900. Clotilde María Obregón, Costa Rica. Relaciones exteriores de una república en formación, 1847-1849, San José: Editorial Costa Rica, 1984. «Necesitamos caracteres como era el de D. Braulio Carrillo», se lee en Nueva Era, 10 de diciembre de 1859.

 

[23] Icks y Shiraev, Character assassination throughout the ages, p. 224. Nueva Era, 1.° de diciembre de 1859 y 11 de febrero de 1860. Anónimo, Exposición de los motivos de cambio político…, pp. 19 y 25. The New York Times, 14 y 15 de octubre de 1859.

 

[24] Anónimo, Exposición de los motivos de cambio político…, pp. 13-16 y 19. González Víquez, Obras Completas, t. 1, p. 190.

 

[25] Anónimo, Exposición de los motivos de cambio político…, pp. 9, 29-30. Carlos Meléndez Chaverri, Historia de Costa Rica, San José: EUNED, 1981, p. 99. Tomás Soley Güell, Historia económica y hacendaria de Costa Rica, tomo 1, San José: Editorial Universitaria, 1947, p. 207.

 

[26] Nueva Era, 28 de abril de 1860. Anónimo, Exposición de los motivos de cambio político…, pp. 20-22 y 31. Los cargos de espionaje y persecuciónhan de referirse a numerosas acciones de seguridad y policía ante conjuras, atentados e intentos de golpe de Estado como, entre otros, la rebelión de los Quirós en 1850, el atentado de José Pacheco contra su vida en 1851, la conjura de Francisco M.a Iglesias y Saturnino Tinoco en 1856, y la amenaza constante de los filibusteros durante la Guerra Patria. Víctor M. Sanabria, «Algunas ideas de don Braulio Carrillo», en Miguel Picado Gätjens y José Alberto Quirós Castro, Estudios historiográficos de Monseñor Víctor Manuel Sanabria, San José: EUNED, 2006, p. 116.

 

[27] Exposición histórica de la revolución del 15 de setiembre de 1860, San José: Imprenta del Gobierno, 1861, pp. iv-v. El investigador Luko Hilje Quirós ha determinado que Uladislao Durán es el autor del prólogo de este panfleto, cuya autoría es atribuida el 15 de marzo de 1861 a Unos costarricenses (p. 100), «El misterio de un opúsculo», Wall Street International Online Magazine, 28 de setiembre de 2017. El régimen originado en el cuartelazo le dispensó la gracia de hacerlo costarricense, Ministerio de Gobernación, Circular 3, «Concede carta de naturaleza en el país a D. Uladislao Durán, ciudadano neogranadino», 19 de enero de 1860, Legislación de Costa Rica, año 1860, San José: Imprenta de La Paz, 1871, pp. 152-153. Walter C. Langer, A psychological analysis of Adolf Hitler: his life and legend, Washington: Office of Strategic Services, 1943, p. 51; véase Jacques Ellul, Historia de la propaganda, Caracas: Monte Ávila, 1970.

 

[28] Nueva Era, 28 de abril y 7 de diciembre de 1860. Unos costarricenses, Exposición histórica de la revolución…, pp. xii, 6, 22, 24-25 y 35. Francisco Castañeda, «El creador de la República de Costa Rica», en Vargas Araya, Polifonía del Padre de la Patria, 2014, pp. 169-182.

 

[29] Icks y Shiraev, Character assassination throughout the ages, p. 223. Nueva Era, 28 de abril y 7 de noviembre de 1860. Unos costarricenses,Exposición histórica de la revolución…, pp. xii, 2-3 y 11-14. Víctor Sanabria M., Anselmo Llorente y Lafuente, San José: Editorial Costa Rica, 1972, p. 218. Lorenzo Montúfar, Reseña histórica de Centro-América, tomo 7, Guatemala: Tipografía de La Unión, 1887, p. 169. González Víquez, Obras Completas, t. 1, p. 183.

 

[30] Icks y Shiraev, Character assassination throughout the ages, p. 216. The New York Times, 15 de setiembre de 1859 — It takes one to know one, o cada ladrón juzga por su condición. Nueva Era, 14 de enero de 1860. Unos costarricenses, Exposición histórica de la revolución…,  pp. i-ii, 7-9 y 57. Jerónimo Pérez, «Dos tumbas venerandas», en Vargas Araya, Polifonía del Padre de la Patria, p. 109.

 

[31] Comentario editorial de The New York Times, 15 de octubre de 1860.

 

[32] Así lo aprecia González Víquez, Obras Completas, tomo 1, p. 185.

 

[33] Véase José R. Corrales, El Banco Anglo Costarricense y el desarrollo económico de Costa Rica 1863-1914, San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2000.

 

[34] [Ferdinand L. Streber], Cuestión Aguilar y Mora. Vindicación de D. Vicente Aguilar, San José: Imprenta de la Paz, 1860, pp. iii-iv.

[35] Harriet I. Flower, The Art of Forgetting: Disgrace and Oblivion in Roman Political Culture, Chapel Hill, NC:  The University of North Carolina Press, 2006, p. 2. Véase David Ros Gil, Laedere Verbis. El daño causado con la palabra y su represión en la antigua Roma, tesis doctoral de Filología, Valencia, España: Vniversitat de Valencia, 2015.

 

[36] Como estas biografías aparecidas en años recientes: Eduardo Luis Nocera, Quién es Artigas: viajando tras sus pasos, 2 tomos, Merlo, Argentina: Instituto Superior Dr. Arturo Jauretche, 2015-2016; Michael Burlingame, Abraham Lincoln: A Life, 2 tomos, Baltimore, MA: Johns Hopkins University Press, 2008; John Lynch, Simón Bolívar: a life, New Haven, CO: Yale University Press, 2006; Patricia Pasquali, San Martín: La fuerza de la misión y la soledad de la gloria, Buenos Aires: Emecé, 2004; Luis Castillo Ledón, Hidalgo. La vida del héroe, México: Fondo de Cultura Económica, 2003. Véase François Dosse, El arte de la biografía. México: Universidad Iberoamericana, 2011.