Miguel Mora Porras

Academia Morista Costarricense

Académicos de Honor

Sr. D. Marcelo Prieto Jiménez

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Sr. D. Raúl Aguilar Piedra

Raúl Aguilar Piedra

Raúl Aguilar Piedra – in memoriam

 

Armando Vargas Araya

 

El temprano derrotero vital del egregio morista que fue don Raúl Aguilar Piedra (1946-2020) quedó signado desde la infancia por su maestra, quien le enseñó en el distrito Daniel Flores, cantón de Pérez Zeledón que don Juan Rafael Mora es el Padre de la Patria. Esta idea motriz lo condujo por los derroteros de la pedagogía y la historiografía, en una trayectoria de servicio público ejemplar por su perseverancia, claridad y modestia.

Pronto a jubilarse, después de tres décadas a cargo de la Dirección General del Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, recordaba a doña Eulalia Suárez de Soto, su preceptora que en tercer grado escolar le decía: «Don Juan Rafael Mora murió asesinado en Puntarenas y fuimos nosotros mismos los que acabamos con su vida. ¿Por qué un auténtico patriota que luchó por el progreso del país, corrió esa suerte?»Cuál no sería su sorpresa cuando en la Universidad de Costa Rica (UCR) comprobó que «no se estudiaba a Mora. Era marginado del conocimiento ‘científico’ de la Historia. Posición similar mantienen quienes ejercen ese papel en la docencia universitaria».

 Esas remembranzas y reflexiones suyas fueron expresadas en ocasión de recibir la Medalla de Oro del Bicentenario Morista, que le fue impuesta por su coterránea doña María Eugenia Bozzoli Vargas, «en enaltecimiento de su extraordinaria misión cumplida como maestro, investigador, editor, autor y museógrafo, dedicado por casi medio siglo al cultivo de la memoria del capitán general Don Juan Rafael Mora y su legado ideológico y patriótico para la Costa Rica en devenir».

 Fundador en 2015 de la Academia Morista Costarricense, corporación docta en la que fue enaltecido a Miembro de Honor, don Raúl acaba de expirar, luego de una penosa enfermedad que lo aquejó en años recientes.  

 Conocí a don Raúl en 1977, cuando él comenzaba su ingente labor en el Museo y me correspondió echar a andar «Noticias Monumental». Me impresionó la peculiaridad de guardar su conocimiento enciclopédico sobre la Guerra Patria Centroamericana (1855-1857),  entre las formas contenidas de su caballerosa personalidad campesina. Había que aguzar el oído a fin de seguir el hilo de su exposición, con aquella voz suave y nasal tan suya, apoyada en documentos, libros, folletos, artículos de revista y notas de prensa. La conversación con él continuaba por las lecturas recomendadas y nuevas preguntas que daban pie a más consultas mayéuticas: no imponía un criterio, sino que conducía al interlocutor a descubrir el pasado y desarrollar su propia interpretación de hechos, circunstancias y contextos.     

Fue maestro por excelencia. Egresó de la Universidad de Costa Rica como Profesor de Estudios Sociales. He conocido a alumnos suyos que guardan un recuerdo cariñoso del mentor, quien llevaba de la mano a los colegiales en espléndidos recorridos por «los largos y polvorientos caminos de la patria». Bajo la guía suya, descubrieron que ser costarricense no es un hecho fortuito de nacimiento sino un privilegio que se retribuye con la ética de la responsabilidad cívica. Su afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y el comportamiento eran evidentes para sus discípulos, quienes encontraban en el educador un modelo de ciudadano.

 Volvió a las aulas de la UCR de las que salió con una Licenciatura en Historia. Su tesis de graduación fue «La responsabilidad del Estado costarricense en la defensa del patrimonio: Un caso de estudio el Museo Histórico Cultural Juan Santamaría». Para entonces no se desempeñaba como profesor, mas su magisterio proseguía por otros senderos fecundos, como guía y referente de todo aquel estudioso, nacional o foráneo, interesado en desentrañar logros, proyección y significado de la Década Morista (1849-1859). Sabía vida y milagros de quienes habían escrito sobre el periodo, sus fuentes, métodos y particularidades, y compartía con generosidad su conocimiento. 

 Publicó poco y sustantivo: «La Guerra Centroamericana contra los filibusteros en 1856-1857. Una aproximación a las fuentes bibliográficas y documentales», Editorial Académica Española, 2012. «Juan Rafael Mora y la Campaña Nacional», Revista Comunicación del TEC, 2015. «Tradición y cambio en la museología costarricense: dos momentos históricos», Revista Cuicuilco de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, México, 2008. Otros trabajos suyos esperan en folletos, revistas y periódicos para ser compilados, incluidos algunos inéditos.

Cosechó abundantes frutos en el Museo, a cuya conducción dedicó 33 años de su diligente existencia. Viajaba cada día de San Francisco de Dos Ríos a la ciudad de Alajuela, con fe inquebrantable en la alta misión que le había sido confiada de robustecer la identidad costarricense en la cantera más rica del panteón heroico del periodo republicano. 

Uno de sus principales logros fue transformar la tradicional concepción museográfica con la visión museológica de vocación social, para abrir y volcar la institución a la participación comunitaria, con énfasis en la niñez, la juventud y los docentes. Las exposiciones permanentes y temporales se enriquecieron con mesas redondas, presentaciones de libros, talleres, simposios, conferencias, congresos, obras de teatro, conciertos y encuentros. El auditorio «Juan Rafael Mora Porras» semejaba a veces un enjambre en plena melificación, con casi un centenar anual de actividades académicas, históricas, artísticas y educativas. 

Desde el antiguo cuartel entregado a la cultura lanzó la poderosa iniciativa de  «La ruta de los héroes», acogida por el Consejo Superior de Educación e impulsada por grupos organizados en el espacio geográfico recorrido por el Ejército Expedicionario en la Guerra Patria Centroamericana. De esa época es la guía pedagógica del Ministerio de Educación Pública, «La Campaña Nacional 1856-1857: antecedentes y primeras batallas», de la que fue coautor.

 Realizó una trascendente gestión editorial, con un catálogo de obras clásicas de la historiografía como las de Lorenzo Montúfar, Rafael Obregón Loría, Alejandro Bolaños Geyer. La obra «Familias Alajuelenses en los Libros Parroquiales. Parroquia de Alajuela 1790-1900», fue la empresa más ambiciosa que desarrolló. Doce años de investigación y otros seis dedicados a la estructuración genealógica, edición gráfica y publicación de los resultados, dieron lugar a siete volúmenes con 5581 páginas que registran unos 7432 troncos familiares. 

 Con justa razón, el Museo recibió el Premio Libertario «Florencio del Castillo» otorgado por la Fundación Pax Costarricensis como reconocimiento a «su abnegada y brillante acción en pro de la identidad costarricense». De igual manera, la Universidad Nacional le otorgó el Premio «Omar Dengo» por «su labor educativa y cultural en defensa del patrimonio histórico costarricense».

 De carácter más bien retraído, don Raúl cultivó la admirable afición por la bibliofilia en la que invirtió una cuantiosa fortuna. Su grande biblioteca personal estaba cargada de obras raras y curiosas, colecciones completas de revistas culturales e históricas. Había adquirido numerosos tomos de la biblioteca que fue de don Teodoro Picado Michalski y de otros prohombres del derecho, la cultura y la política de Costa Rica. Cuando consideró que se acercaba su fin, donó casi todo ese acervo al Museo.

 Mi deuda de gratitud para con él se incrementó infinitamente por su comprensión y apoyo en el proceso de escribir «El lado oculto del Presidente Mora», publicado por Juricentro, para el cual me honró con su prólogo «Don Juan Rafael Mora y la contención del expansionismo de los Estados Unidos». Tenía don Raúl varios proyectos de investigación reservados para sus años de madurez, que solo parcialmente tuvo ocasión de comenzar. Uno de ellos resultó en nuestro trabajo de edición conjunta, publicado por Eduvisión como «Palabra viva del Libertador. Legado ideológico y patriótico del Presidente Juan Rafael Mora». El libro tiene como proemio unos versos de Eduardo Jenkins Dobles que ahora repito en recuerdo de mi entrañable amigo y compañero:

Seguirás con nosotros, comandante

de la esperanza y de la inaplazable

salud, vivienda, letra y golondrina. 

Seguirás con nosotros, adelante,

no ya de carne y hueso, mas durable

y arrebatada luz en la colina.

 

Altamente deseable sería que don Raúl fuese recordado por la compilación y edición anotada de sus escritos, la apertura de una sala del Museo con su biblioteca, y la designación de una silla de la Academia Morista Costarricense con el nombre suyo. 

 Esta tarde de sábado miro por la ventana los enhiestos eucaliptos de Australia y pienso en los frondosos mangos del parque de Alajuela y el verdor del jardín Okayama, vecino al cual vivió don Raúl en lo que antiguamente fue hacienda cafetalera La Pacífica. Cómo quisiera poder acompañar a los familiares en el último recorrido suyo del hogar a la iglesia y al camposanto. Hasta siempre mi querido y respetado don Raúl.

Canberra, 5 de diciembre de 2020