Miguel Mora Porras

Academia Morista Costarricense

La epidemia de cólera de 1856: una contribución para comparar con el presente

Dra. Ana María Botey Sobrado

La epidemia del cólera de 1856 permite evaluar las condiciones económico- sociales, políticas y culturales de la sociedad a mediados del siglo XIX e imaginar los trastornos, las tensiones y divisiones que provocó en el modo de vida de los habitantes, pues esta exacerbó los problemas cotidianos y las contradicciones sociales existentes. Arraigados temores hicieron su aparición, pues se trataba de una sociedad mayoritariamente campesina, extremadamente dependiente de las fuerzas de la naturaleza y bajo el influjo ideológico de la Iglesia Católica. En consecuencia, resulta primordial analizar las respuestas sociales e institucionales frente al colapso.[1]Asimismo, es importante tener presente que la epidemia se produjo en la primera fase de la Campaña Nacional (1856), después de cruentas batallas de una guerra contra un enemigo poderoso, en un terreno desconocido por los costarricenses de entonces y sin que la población, las autoridades y la pequeña comunidad médica estuvieran preparados para combatirla.[2]

Antecedentes

La epidemia de 1856 se encuentra vinculada a la segunda pandemia de cólera[3] iniciada en la India en 1829, que se propagó por diferentes regiones del mundo debido a la comunicación marítima y las redes comerciales. El cólera impactó México, Guatemala, Nicaragua y Panamá en 1836 y 1837, por lo que el gobierno costarricense intentó tomar algunas previsiones y contrató a un médico guatemalteco con alguna experiencia en esta labor en 1837.  Las medidas contenidas en siete decretos revelan las concepciones médicas de la época que se enfocaban en la teoría de los miasmas para explicar el origen de las enfermedades.[4]

Las condiciones sanitarias de Costa Rica en la década de 1850

La infraestructura sanitaria de la época era mínima y deficiente, lo que explica la morbilidad y mortalidad producida por las enfermedades infectocontagiosas en una población cercana a los 110 mil habitantes, según el Censo de 1864,[5] concentrada en las pequeñas ciudades de Cartago, San José, Heredia y Alajuela emplazadas a una distancia prudente de los ríos, en búsqueda de las zonas menos húmedas. Fuera del Valle Central, el núcleo de población más antiguo radicaba en la provincia de Guanacaste. Puntarenas contaba con algunos asentamientos: Esparza, Orotina, Térraba y Boruca, y la provincia de Limón permanecía casi despoblada. Los costarricenses que llegaban a vivir o sobrepasar los 70 años, formaban parte de un pequeño grupo cercano al 1 por ciento; por lo tanto, poseían un lugar significativo como símbolo de sabiduría y experiencia. El “adolescente”[6] podía considerarse un sobreviviente, pues solo el 50 por ciento de su generación lograba alcanzar esa etapa de la vida. La esperanza de vida al nacer era menor a los 30 años. [7]

El agua de uso diario, en las ciudades principales, era llevada a las viviendas por largas zanjas o acequias mediante canales abiertos, los cuales arrastraban impurezas hasta arribar a su destino, por lo que consistía en un medio de contaminación y propagación de enfermedades.[8] Las zanjas o acequias también se utilizaban para desaguar las aguas pluviales, servidas y negras, pues la eliminación era muy imperfecta. En los caseríos rurales las personas buscaban habitar cerca de los ríos para obtener agua mediante el acarreo manual y utilizaban las riberas para el lavado de ropas, enseres y cuerpo. Por consiguiente, los ríos eran los receptores de todo tipo de desechos y aguas.

Los servicios sanitarios, cuando existían, eran simples fosas cavadas en el suelo, donde se depositaban las materias fecales hasta que el hueco se llenaba. Entonces, se procedía a cegar el excusado con tierra y abrir otro hueco en un espacio cercano. Las normas de higiene personal, no solamente eran desconocidas para la población, sino que eran imposibles de practicar debido a la carencia de infraestructura sanitaria.[9]

La alimentación era muy deficiente, de ahí la presencia de la desnutrición en todas las edades, falta de proteínas, lácteos, el consumo de alimentos en mal estado, a raíz de las dificultades para conservarlos, uso de manteca de cerdo para cocinar y la ausencia de nociones sobre la alimentación saludable.[10]

El cuido de la salud dependía de las mujeres, las parteras, los curanderos y los herbolarios, algunos de los cuales poseían un importante conocimiento de las plantas y algunos remedios, pero otros estaban influidos por las más diversas concepciones. Las amas de casa ocupaban parte de su solar con la siembra de hierbas curativas.[11]

 

La marcha para combatir las huestes filibusteras, la batalla de Rivas y la aparición del cólera

La amenaza filibustera obligó al ejército a enrumbarse hacia Nicaragua desde la plaza de la Catedral el 4 de marzo de 1856.[12] Este se integró con tres mil soldados, el cuerpo médico, cuatro capellanes, una banda militar,[13] un grupo de mujeres de extracción popular en condición de cocineras, cantineras[14] y fue apoyado por una interminable fila de carretas cargadas de municiones, sacos de comida y medicinas.

La histórica batalla de Santa Rosa, considerada un triunfo por las fuerzas costarricenses, se efectuó el 20 de marzo; una columna integrada por alajuelenses se enfrentó a los filibusteros en la batalla de Sardinal, en la confluencia del río de ese nombre con el río Sarapiquí, donde no se logró un triunfo definitivo el 10 de abril, y un día después, William Walker ingresó con su tropa y atacó por sorpresa el ejército costarricense en la memorable batalla de Rivas.

Las tropas costarricenses encabezadas por el presidente Mora se encontraban distribuidas en varias casas grandes, en condiciones de hacinamiento, poco apoyo logístico y extremadamente agotadas.[15] La batalla del 11 de abril fue muy cruenta, Víctor Guardia y el Dr. Andrés Sáenz indican que murieron 500 soldados y 300 resultaron heridos, de una tropa compuesta por 1.900 soldados.[16]

El 12 de abril, el presidente Mora ordenó enterrar los muertos, entre ellos varios oficiales que fueron sepultados en la iglesia de San Francisco, mientras Walker abandonaba la ciudad. También, se procedió a organizar un hospital para la atención de los heridos, bajo la dirección del médico Karl Hoffman, un súbdito alemán, quien se desempeñó como médico cirujano mayor del ejército en calidad de voluntario, y Francisco Bastos y Andrés Sáenz, con el apoyo del asistente Carlos Moya. Francisca Carrasco fue una especie de enfermera, atendió a los heridos y moribundos, también se ocupó como cocinera, y en más de una ocasión realizó tareas militares.[17] En los días posteriores, llegaron los doctores Cruz Alvarado y Fermín Meza, quienes se encontraban atendiendo los heridos de la batalla de Santa Rosa en Liberia. La urgente necesidad de servicios médicos provocó que los doctores Alejandro Frantzius, otro voluntario alemán, quien había asistido a las tropas en Sarapiquí, y Bruno Carranza, se trasladaran a Rivas. El doctor Santiago Hogan levantó un hospital de emergencia en Liberia, y al doctor Marquis L. Hine se le encomendó la atención de los heridos que llegasen al puerto de Puntarenas.[18]

Mora dio prioridad a la atención de los heridos y a la recuperación del ejército, desestimó perseguir a Walker hasta Granada, una decisión  que fue cuestionada por algunos de sus contemporáneos, ya que consideraban que era un blanco fácil, al que debía liquidarse militarmente para finiquitar la guerra.[19] Los relatos sobre las terribles imágenes de esos días escritas por algunos de los participantes en la contienda permiten comprender la decisión,[20]  pues se desconocían las normas de asepsia, los anestésicos, los antibióticos, por lo que los dolores eran desgarradores y las infecciones se propagaban con rapidez.[21]

El cólera aparece entre la tropa y se expande con rapidez

El historiador Rafael Obregón afirma que el primer caso de cólera fue detectado por los médicos el 20 de abril y posteriormente, los enfermos y muertos se multiplicaron.[22] El bacilo requiere un corto período de incubación, por ende, en menos de 12 horas, bajo la presencia de una fuerte diarrea, la pérdida de líquidos y sales minerales, se produce postración y ansiedad de previo a la muerte.

Mora partió de la teoría de los vapores miasmáticos para identificar la causa de la epidemia, pues responsabilizaba a las emanaciones de los cuerpos enfermos, la materia en descomposición, las aguas estancadas y a “un clima insalubre”.[23] En correspondencia con esta hipótesis, tomó la decisión de retirarse de Rivas y desplazarse hacia territorio costarricense, donde prevalecían mejores condiciones. En sus palabras,

“A nuestra salida al amanecer del día 24 pasado creíamos que algunos rumores que circulaban en Rivas, eran efecto tan solo del apocado espíritu de personas asustadizas que creen ver en cada enfermo un síntoma epidémico (…) Pero nos engañamos: era el cólera que amagaba y empezaba su desarrollo fatal (…) ¿Cómo combatir a ese enemigo en un clima abrasador, donde la maléfica estación de las lluvias comienza (…) una epidemia es un enemigo incombatible que, si no arranca los laureles adquiridos, destruye a los héroes que han conquistado y sobrevivido a la victoria”.[24]

El retiro fue muy complicado, había que trasladar a más de 300 hombres que se encontraban heridos, y otros más que se hallaban en estado lamentable debido al cólera. Además, era necesario acarrear las municiones y armamentos hasta San Juan del Sur, puerto que se encontraba bajo control de los costarricenses, para embarcarlos en los barcos contratados en Puntarenas, denominados: “Telemby”, “Dominga Morales” y “Tres Amigos”, pero estos tardaron en llegar.[25]

El bergantín Telemby fue el primero en arribar a San Juan del Sur, su capitán recibió órdenes del presidente Mora, para que se detuviera en playas del Coco a desembarcar los heridos, que luego serían movilizados en carreta hasta Liberia y que recogiera parte del equipo militar que se encontraba en esa ciudad. En los barcos Telemby y Tres Amigos, los únicos en llegar a San Juan del Sur porque el Dominga Morales sufrió una avería, el cólera hizo su aparición provocando la muerte de varios hombres, cuyos cadáveres fueron lanzados al mar, incluido el del capitán del Telemby, Juan Bautista Iriarte. Ambos barcos se dirigieron a Puntarenas donde desembarcaron las armas para luego enrumbarse hacia el puerto de Caldera, con el fin de desembarcar las tropas que venían a bordo y prestarles servicio de alimentación y atención médica.[26]

El resto del ejército, junto a los heridos que comenzaban a restablecerse, inició el regreso a Costa Rica por vía terrestre. Algunos de los enfermos de cólera se encontraban en tal gravedad que fueron dejados en Rivas, ya que era imposible transportarlos. Empero, el general José María Cañas, a cargo de la retirada, le envió una carta a Walker, quien se dirigía a Rivas, rogándole respetar la vida los enfermos y proponiéndole un futuro canje de prisioneros.

Cañas duró dos días en llegar a la frontera, acampó en Sapoá, donde le fue imposible contener la tropa, y algunos oficiales que se encontraban aterrorizados, pues corrían en desbandada hacia Liberia el 30 de abril. En consecuencia, los esfuerzos de Mora y Cañas para establecer depósitos de víveres y organizar un retiro ordenado resultaron infructuosos, pues muchos soldados murieron de hambre o deshidratados.[27]

El general Cañas junto a una compañía de zapadores, a quienes mantenía entre promesas y amenazas, enterraba a los muertos y atendía a los heridos en la retaguardia. El último grupo de soldados entró a Liberia el 3 de mayo. Al día siguiente, murieron en esa ciudad Adolphe Marie el francés subsecretario de Relaciones Exteriores, y el coronel Alejandro von Bülow de cólera y disentería.[28]

El presidente Mora, a instancias de Cañas, abandonó Liberia para enrumbarse a Puntarenas el 4 de mayo. Cañas permaneció en Liberia a cargo del resguardo de la frontera y de un cordón sanitario.[29]

Las causas de la epidemia

El cólera afectó con mayor intensidad al ejército costarricense que a las tropas filibusteras debido a varios factores. Los soldados se encontraban extenuados y deshidratados por la larga marcha realizada, la mayoría a pie desde Cartago y otros lugares. Las condiciones de hacinamiento en unas pocas casas sitiadas, dentro de espacios reducidos, por largas horas, así como el consumo de agua y alimentos contaminados, la carencia de apoyo logístico por parte de los residentes de la ciudad y la ausencia de inmunidad previa, a diferencia de la población nicaragüense y filibustera.

El contagio se produjo, en primera instancia, al consumir agua de pozos expuestos a la contaminación por heces depositadas en el suelo debido a la práctica de defecar a campo abierto, la carencia de pozos negros y cuando los había, su falta de protección. La contaminación de los pozos de agua para consumo humano, se supone que se efectuó por las lluvias, provocando así que las heces depositadas en el suelo se lavaran hacia los pozos. También, se señala como factible que se produjera la transmisión persona a persona por el consumo de alimentos contaminados, dada la pésima condición higiénica de la tropa.[30]

El retorno de los primeros heridos y enfermos a San José se produjo el 5 de mayo de 1856.[31] La enfermedad se diseminó a causa de las costumbres higiénicas de los pobladores, la defecación a campo abierto provocó la contaminación de las aguas de los pozos, ríos y quebradas. Asimismo, el lavado de los enfermos y de sus ropas, expuso al resto de la población que se abastecía en esas fuentes acuíferas.

El Hospital San Juan de Dios no se encontraba en condiciones óptimas para recibir a enfermos y heridos, por lo que un grupo de señoras de la elite, presidido por Inés Aguilar, la esposa del presidente Mora, recolectó ropa de cama y medicamentos para habilitar cien camas. Entre los pacientes se encontraban varios filibusteros, la mayoría desertores, quienes fueron tratados con consideración y posteriormente se facilitó el regreso a su país.[32]

Las respuestas institucionales

Las instrucciones del Dr. Hoffman a la población, en el desarrollo de la epidemia, señalaban que había que reprimir el sentimiento de miedo y pusilanimidad, evitar las emociones, los pesares, los arrebatos coléricos y dedicarse a la sociabilidad. No había que renunciar a las costumbres con respecto al ejercicio o la dieta, aunque se recomendaba una dieta “sana”, pero se prohibía el consumo de frutas y dulces.[33] Entre los médicos era común asociar el cólera a una enfermedad del aparato digestivo.[34]

La casa y la ropa debían permanecer limpias y no mojarse para evitar los resfríos. Si se presentaba la enfermedad, debía recurrirse a un facultativo, la recomendación, mientras se recibía atención médica, consistía en suministrar al enfermo una cucharada de aguardiente alcanforado cada media hora, hasta que se desvaneciera el hielo del cutis y se produjeran sudores calientes.[35] El alcanfor se administraba para alejar los malos olores.[36]

Las autoridades municipales recomendaron efectuar acopio de alimentos y medicinas, como el láudano y el aceite. Se instruía sobre la higiene personal, el aseo de los alimentos, las habitaciones, los patios, las acequias, las aceras, las calles y los acueductos de la comunidad. La preocupación básica era no infectar el aire y también evitar la “corrupción o humedad”.

La fumigación de las casas debía efectuarse con agua de cal, tabaco en hoja o en vena, vinagre, sal marina o azufre. Los muebles tenían que limpiarse dos veces por semana con cloruro o cal viva. Se llamaba a evitar las aglomeraciones. Se prohibió la asistencia a las iglesias, solo se autorizaban las misas en las plazas o utilizando un altar portátil. Se ordenó el cierre de los mercados. Se prohibió la venta de chichas y caldos fermentados, verduras, frutas y carne añeja, así como la costumbre de colgar las perchas con carnes al aire libre con el objeto de venderlas o asolearlas.

La policía era la encargada de que los sepultureros demarcaran el sitio para las excavaciones de las tumbas, cuidando que fuera en tierra virgen, no menor a dos varas de profundidad. Los cadáveres debían bañarse con cal viva antes de sepultarlos, con las ropas que llevaban puestas. En caso contrario, se exponían a castigos, multas y cárcel. Para disminuir el contacto con los enfermos y cadáveres, las ceremonias fúnebres y los entierros solemnes fueron prohibidos. Como se comprenderá, ese conjunto de medidas, especialmente las que tenían que ver con la asistencia a las iglesias y el entierro de personas, provocaban grandes resistencias entre la población, debido a las concepciones religiosas imperantes.

El médico de pueblo de cada provincia y comarca establecido en 1847 prácticamente no existía, con la excepción del ubicado en la capital. En consecuencia, el gobierno se vio obligado a contratar médicos, empíricos y personas que los gobernadores consideraron idóneas, además de cancelar las facturas por compra y administración de medicamentos a enfermos pobres.[37] Se empleó el láudano, la tintura de opio, el alumbre, la valeriana, el acetato de plomo, el extracto de ratanca, la sal de ajenjo, las gotas de agua de la vida, el coñac, la ipecacuana, la sal de Inglaterra, el aceite de castor, el aceite de comer, los polvos de Dover, las píldoras azules y de calome, el ruibarbo, el almidón de yuca, la goma arábiga, la mostaza, la manzanilla, las gotas anticoléricas, la cebada, el aguarrás, el espíritu de yerbabuena y el sulfato. El “agua de la vida” era una composición de opio, éter, aceite esencial de clavo y otras sustancias, que se suministraba en forma abundante.[38] La distancia entre médicos y curanderos era muy tenue, la medicina se encontraba en una etapa embrionaria, especialmente en Costa Rica.

Cada localidad debía construir un carro o carreta para trasladar al cementerio a los muertos, los cuales debían ser enterrados rápidamente, la mayoría en fosas comunes, dadas las creencias miasmiáticas. Los encargados de esas labores eran presidiarios que trabajaban bajo los efectos del licor con el fin de calmar sus miedos.[39] Aquellos que no se fugaron fueron retribuidos con su libertad.[40]

Una de las respuestas institucionales más importantes, debido a los efectos posteriores, fue la creación del Protomedicato de la República el 28 de octubre de 1857, “con el fin de proteger la salud pública y controlar el ejercicio de la medicina”.[41] Sus funciones eran de asesoría a las autoridades en asuntos de salud pública, especialmente sobre la forma de proceder en caso de epidemias y el control del ejercicio de la profesión médica y de otros profesionales vinculados a la salud: farmacéuticos, sangradores, etc.

Las autoridades tomaron conciencia de la importancia de las cañerías, por esa razón se decidió establecer la primera en San José, la capital, mediante un contrato de construcción entre Joaquín Bernardo Calvo ministro de Gobernación y los empresarios Guillermo Nanne y Francisco Kurtze, sin embargo, la caída del presidente Mora y la crisis fiscal imposibilitaron su concreción.[42]

Los impactos sociales

Se calcula que falleció entre un 8 y un10 por ciento de la población, la mayoría perteneciente a los sectores populares, y localizada en el Valle Central. Los adultos, y especialmente las mujeres, fueron el sector de la población más afectado. Esto tuvo un fuerte impacto sobre la tasa de fecundidad y, por ende, sobre el crecimiento de la población.[43]

La catástrofe demográfica produjo graves consecuencias económicas, debido a que agudizó la escasez de brazos requerida para la expansión agroexportadora.[44] Los salarios tendieron al alza, el mensual de un peón se elevó de 8 a 15 pesos entre 1853 y 1856 y el proceso de colonización agrícola hacia el oeste del Valle Central se desaceleró.

La muerte del padre o la madre profundizó la fragmentación del patrimonio a raíz de las prácticas hereditarias que, conllevaban la apertura de mortual y el pago de deudas, por consiguiente, algunos campesinos debieron rematar sus propiedades o parte de ellas para cancelar las deudas.[45]

La epidemia golpeó de preferencia a los sectores populares, ya que se encontraban mal alimentados, carecían de reservas de alimentos, desconocían los hábitos higiénicos, no siempre recibían atención en caso de enfermar, ni con qué tratarse y se les dificultaba aislarse para sortear la enfermedad. El presidente Mora enfermó de cólera, pero logró recuperarse en su finca de Ojo de Agua, al igual que el militar Víctor Guardia, quien cuenta en sus memorias de guerra que, cuando regresaba a San José procedente de Rivas, tuvo que desviarse del camino para reponer su salud, a una de sus propiedades situadas en Guanacaste.

El cólera, por su llegada intempestiva y sus efectos desastrosos sobre el modo de vida mayoritariamente campesino, provocó todo tipo de temores, angustias y miedos en la población. Las condiciones materiales de vida, propias de esa sociedad, unidas al sistema de creencias religiosas sustentado en el catolicismo y el limitado desarrollo educativo y científico de la época se conjugaron para impedir la puesta en práctica de medidas preventivas o curativas acertadas.

El pueblo, integrado mayoritariamente por población rural, se refugió en la religiosidad para doblegar el miedo aterrador que provocaba lo desconocido, buscó el mejor intercesor con Dios para conquistar la piedad y el perdón. En consecuencia, en las calles se sucedieron las procesiones, encabezadas por todo tipo de santos y vírgenes, para conjurar el mal; sin embargo, la rogativa que impactó con más fuerza fue la dedicada al Dulce Nombre de Jesús, efectuada en la iglesia de la Catedral, el 14 de junio de 1856.[46]

El papel protagónico de la Iglesia católica, y de la mayoría de los sacerdotes en el auxilio a los heridos y enfermos durante la guerra y la epidemia, contribuye a explicar el desborde de la religiosidad popular. En síntesis, la vida de los habitantes y del Estado, agobiado por la crisis económica y fiscal de los años posteriores, quedó marcada por la epidemia.

En el contexto de un insólito 2020, en el que las sociedades han tenido que modificar sus formas de trabajar, estudiar, recrear, comprar y relacionarse con los demás, entre otras cosas, producto de la pandemia de covid-19, resulta valioso conocer sobre la epidemia de cólera que vivió Costa Rica en 1856 e invitar al lector a comparar las similitudes y diferencias con el presente para construir una mirada de largo plazo de algunos impactos de las epidemias.

 

[1] La metodología del estudio de la epidemia se basa en la propuesta planteada por Marcos Cueto, El regreso de las epidemias. Salud y sociedad en el Perú del siglo XX. Serie: Estudios Históricos, no. 22 (Lima: Instituto de Estudios Peruanos Ediciones, 2000)19.

[2] Para ampliar el estudio de esta epidemia véase: Ana María Botey, “La epidemia de cólera de 1856: una visión de largo plazo”, Diálogos, número especial dedicado al IX Congreso Centroamericano de Historia, (2008).

[3] Se registran siete pandemias de cólera, generalmente iniciadas en las ciudades indias de Goa y Bengala, entre principios del siglo XIX y fines del siglo XX, Leonardo Mata, Cólera. Historia, prevención y control (San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia,1992) 49-51.

[4]Oficial, decretos del 14 de mayo, 16 de junio y 2 de agosto de 1837, Colección de Leyes y Decretos expedidos por los Supremos Poderes Legislativo, Conservador y Ejecutivo de Costa Rica, en los años 1837 y 1838 (San José: Imprenta de La Paz, 1859) 296, tomado de: Leonardo Mata, Cólera. Historia, prevención y control (San José: Editorial de la Universidad Estatal a Distancia,1992) 49-51.

[5]Dirección General de Estadística y Censos, Censo general de la República de Costa Rica (27 de noviembre de 1864) (San José, 1868).

[6] El concepto de adolescente no existía en ese momento, sino que es una creación histórica cultural muy reciente.

[7] Héctor Pérez Brignoli, La población de Costa Rica 1750-2000 (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica) 99.

[8] Vicente Lachner, “Apuntes de Higiene Pública, 1800-1900, organismos, institutos y profesiones en relación con este ramo”, Revista de Costa Ricaen el siglo XIX (San José, 1902) 209-210.

[9] Vicente Lachner, “Apuntes de higiene pública”, 213.

[10] Existen diversas observaciones realizadas en los informes de los médicos de pueblo que se publicaron en las Memorias de Gobernación de una década posterior.

[11] Juan José Marín, “De curanderos a médicos. Una aproximación a la historia social de la medicina en Costa Rica: 1890-1949”. Revista de Historia, 32, (julio-diciembre, 1995), 72-76. Ana Paulina Malavassi, Entre la marginalidad social y los orígenes de la salubridad pública: leprosos, curanderos y facultativos en el Valle Central de Costa Rica (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2005).

[12] Raúl Arias, Médicos y cirujanos en la historia de Costa Rica. De la colonia al liberalismo, (San José, Ministerio de Salud, 1998) 178.

[13] En la carta del Ejército costarricense dirigida al presidente municipal de Rivas el 8 de abril de 1856, se argumenta que cuatro mil soldados costarricenses han venido a ayudarles a expulsar a los filibusteros. Boletín Oficial, (19 de abril de 1856), 1.

[14] Iván Molina Jiménez, La Campaña Nacional 1856-1857. Una visión desde el siglo XXI, (Alajuela: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 2000) 71-72.

[15] Rafael Obregón, Costa Rica y la guerra, 73-116.

[16] Raúl Arias, Médicos y cirujanos, 213- 214. En opinión de Monseñor Sanabria, el padre Calvo escribió su libro al regreso de Nicaragua, después de recoger las noticias que estuvieron a su alcance. Eladio Prado apunta que tanto el Libro primero como el segundo fueron escritos por Calvo en 1857.Víctor Manuel Sanabria, “Una relación de la Batalla de Rivas”, El Mensajero del Clero, no. 5, (mayo de 1930), 153.

[17] Luko Hilje Quirós, Karl Hoffman: naturalista, médico y héroe nacional (Santo Domingo, Heredia: Instituto Nacional de Biodiversidad INBIO, 2006) 57.

[18] ANCR, Guerra y Marina, exp. 8848,1856, fs.1-10.

[19] Rafael Obregón, Costa Rica y la guerra, 119-141.

[20] Luko Hilje Quirós, Karl Hoffman: naturalista, médico y héroe nacional, 57-61

Elías Zeledón Cartín, (comp.) Crónicas de la guerra nacional 1856-1857 (San José: Editorial Costa Rica, 2006)

[21] Andrés Sáenz, Revista de los Archivos Nacionales, 5 y 6, (marzo-abril, 1939), 329-330, en: Elías Zeledón Cartín, (comp.). Crónicas de la guerra nacional 1856-1857, 89.

[22] Rafael Obregón, Costa Rica y la guerra, 145. Obregón refiere a Jacinto García, quien señala que el primer afectado del cólera fue el soldado José María Quirós procedente del barrio de la Soledad de San José.

[23] Luko Hilje Quirós, Karl Hoffman: naturalista, médico y héroe nacional, 58-59.

[24] Boletín Oficial, (3 de mayo de 1856), 429.

[25] ANCR, Guerra y Marina, exp. 13477, 1856, fs. 3-10.

[26] Rafael Obregón, Costa Rica y la guerra, 148-149.

[27] Rafael Obregón, Costa Rica y la guerra., 150.

[28]Rafael Obregón, Costa Rica y la guerra, 151.

[29] ANCR, Guerra y Marina, exp. 8827, fs. 13 y 14, “Campaña contra el cólera morbus y auxilio a las víctimas de guerra” (Colección de documentos). Revista de los Archivos Nacionales), 6, (enero-junio, 1962).

[30] Leonardo Mata, Cólera. Historia, prevención y control,57-58.

[31] Boletín Oficial, (7 de mayo de 1856), 431.

[32] ANCR, Beneficencia, exp. 100, 1856-1857, 9 folios, Revista del Archivo Nacional, 1-2, (enero-diciembre 1966), 175-193.

[33] En las instrucciones entregadas a los médicos alemanes para atender una epidemia de cólera en 1892, ya se conocía la etiología de la enfermedad, según las investigaciones de Koch. Se recomendaba como medida preventiva llevar “una vida muy arreglada”, ya que los trastornos digestivos predisponían mucho, se recomendaba no comer y beber demasiado y evitar las comidas difíciles de digerir, especialmente lo que producía diarrea o descomponía el estómago. No comer nada que proviniera de la casa de un enfermo y de aquellos alimentos transmisores de la enfermedad, por medio de la manipulación, como frutas, legumbres, leche, mantequilla, queso fresco, solo se permitía leche o agua hervida. Se trataba de eliminar la creencia de que el cuidado era solamente con el agua que se tomaba, puesto que otros alimentos podían contaminarse, también de que eran importantes todas las aguas de uso en las casas, ya que en ellas se podían encontrar los gérmenes de la enfermedad. ANCR, Salud, exp. 243, 1892, fs. 1-10.

[34] Adrián Carbonetti y Rodríguez, María Laura. “Las epidemias de cólera en Córdoba a través del periodismo: la oferta de productos preservativos y curativos durante la epidemia de 1867-1869” História, Ciencias. Saúde-Manguinhos, 14, 2, (abril-junio, 2007) 411.

[35] Boletín Oficial, (14 de mayo de 1856), 440.

[36] Adrián Carbonetti y Rodríguez, María Laura. “Las epidemias de cólera en Córdoba”, 411.

[37] ANCR, Gobernación, exp. 100, 1856, folio 65. “Campaña contra el cólera morbus y auxilio a las víctimas de guerra” (Colección de documentos) Revista de los Archivos Nacionales, 5-6 (enero-junio 1962) 85.

[38] Estos listados aparecen en las cuentas por medicinas que se presentaron a las autoridades para su cancelación por parte de médicos, curanderos y farmacéuticos. ANCR, Policía, exp. 4899, 1856, fs. 6, 9 y 13.

[39] Ibid., fs. 73 y 74.

[40] Ibid., f. 107.

[41] Oficial, decreto No. 36 del 29 de octubre de 1857, Colección de Leyes, Decretos y Órdenes expedidas por los Supremos Poderes Legislativo y Ejecutivo de Costa Rica (San José: Imprenta de la Paz, 1857),149-152.

[42]Oficial, decreto No. XXXIII del 21 de octubre de 1857, Colección de las leyes, decretos y órdenes expedidas por los Supremos Poderes Legislativo y Ejecutivo de Costa Rica en los años de 1856 y 1857. (San José: Imprenta de la Paz, 1857), 144-145.

[43] German Tjarks  “La epidemia del cólera de 1856 en el Valle Central: análisis y consecuencias”. Revista de Historia, 3 (julio- diciembre, 1976) 81- 129.

 

[44] Rodríguez, Eugenia. “Estructura crediticia, coyuntura económica y transición al capitalismo agrario en el Valle Central de Costa Rica, 1850-1860” (Tesis de maestría en Historia, Sistema de Estudios de Postgrado, Universidad de Costa Rica), 1988.

[45]Iván Molina Jiménez, La Campaña Nacional (1856-1857), 43-49.

[46] Archivo de la Curia, Fondos Antiguos, documentación suelta 1953-1956, caja 5, Carmela Velázquez, “Las autoridades, el clero y los fieles de la Iglesia católica ante la Guerra Nacional en Nicaragua y ante la Campaña Nacional en Costa Rica, en Víctor Hugo Acuña (editor), Filibusterismo y Destino Manifiesto en las Américas, (Alajuela: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 2010) 141-158.

 

 

 

Ana María Botey Sobrado es doctora en Historia por la Universidad de Costa Rica. Trabajó en la Universidad Nacional y en la Universidad de Costa Rica, donde ha realizado una gran labor como docente y en la difusión del nuevo conocimiento histórico que se genera en las universidades públicas. En el Centro de Investigaciones Históricas de América Central desarrolló varios proyectos en el campo de su interés: la historia social, y más precisamente la historia de los trabajadores y los movimiento sociales. Es autora de numerosas publicaciones tanto especializadas como de difusión. Su último libro: “Los orígenes del Estado de Bienestar en Costa Rica: salud y protección social (1850-1940)” (San José: EUCR, 2019)  fue galardonado con el Premio Cleto González Víquez 2019 que otorga la Academia de Geografía e Historia de Costa Rica.  Algunas lúneas del dictamen de la Comisión de premios señalan:

  “Este extraordinario texto, tiene todas las cualidades de una obra historiográfica erudita y madura. Se trata de una obra monumental que estudia con detalle, cómo se construyó el sistema de salud de la época liberal y constituye una contribución muy importante a la historia de Costa Rica. El uso de una multiplicidad de fuentes primarias da evidencia de un gran trabajo de investigación de archivo por parte de su autora. Este libro, en medio de la pandemia mundial por la Covid-19 que estamos experimentando, otorga a la sociedad costarricense una valiosa y original explicación, sobre cómo se crearon las bases y las políticas públicas que sustentan el actual trabajo contra la pandemia en nuestro país.”

Ana María desempeñó el cargo de Directora de la Escuela de Historia, hasta su jubilación el año pasado.